Creo que viene por la marca de aquel alien de la pierna, hace ya casi dos años. Una especie de agujerito de piel, muy raro. Pues ahora resultaba que se hacía como una montaña, y parecía un volcán, duro y cada vez más alto. Y no le daba importancia hasta que me daba cuenta de que tenía otro, un poco más a la derecha, aunque más pequeño. Después tomaban un aspecto que me recordaba mucho a las berenjenas en vinagre. No me gustan nada las berenjenas en vinagre. Las aceitunas y los pepinillos sí, pero el rollo banderilla y vinagre a saco me hace cerrar los ojos fuerte y apretar la lengua. Pero bueno, a lo que iba. Grandes berenjenas, inclinadas, como cosas marinas, con estrías y sombrerito y las tocaba y eran velludas, negras por dentro, si le separabas los raíles. Alguien me decía que no debía abrirlas así, que podría meterse algo. Yo las tocaba porque por dentro eran como un peluche oscuro. No podía parar. Al final empecé a verlo más raro. Como ya estaban muy grandes decidí hacerles fotos y que las viera mi madre. Pero en las fotos salían en blanco y negro y parecían maquetas de edificios modernos. No se iba a creer que eso fuera parte de mí, ni de coña. Luego empecé a reconocer lo que podría ser el final de una vena o de una arteria, mutado convenientemente de formas y texturas y colores, escurridizo, como un junco. Eso es, como un junco que se balanceaba y me daba mucho miedo. Menos mal que esta mañana, cuando he pasado los pies por las piernas contrarias, todo era suavidad y rectitud, con los ojos cerrados.