El día empezaba mal pero a pesar de las señales, yo no quería darme cuenta. Me meto en la ducha y no sale agua caliente. Me mojo contando hasta tres, no hay dolor, pero sí que hay, cojones, que me estoy helando. No me achanto, hoy he decidido tener un día simpático. Cojo un taxi a la oficina, esta vez no por tristeza y dejadez, sino por pereza y prisa, que llego tarde. Mala excusa, lo sé. El taxista es guapo pero me hace sentir incómoda. Hablo con mi madre mientras subimos mi calle. Esa calle se hace en 15 segundos. Hablo con mi madre durante más de cinco minutos y allí seguimos, para que cuando por fin avanzamos, a la vuelta de la esquina, de nuevo paramos, y avanzamos, y paramos, y Madrid tiene estas cosas que te hacen preguntarte si habrá pasado algo grave, no sé, un accidente, una manifestación, unas obras de nuevo, pero no, no hay motivo aparente, simplemente es el caos, tal cual y porque sí. Pero no me achanta tampoco, el atasco. Hoy he decidido estar contenta. Aunque me sienta un poco estúpida vestida de verde, por muy bien que me siente.

Y llego y me voy a comprar un par de dvds vírgenes que necesito, antes de subir a la oficina, y voy a una papelería porque no encuentro la tienda que sé que anda por ahí, de la que me han hablado. Me cobran más de tres euros por cada uno y sonrío a la dependienta intentando disimular la cara de idiota que se me queda cuando me roban impunemente. A mediodía, gracias a dios, tengo un remanso de paz y buen rollo comiendo en un vegetariano con un vegetal amigo mío. Eso me hace coger impulso y decir que sí, que es un día simpático, a pesar del tráfico y de los ladrones de ahorrillos. Decido darle la vuelta a todo, o al menos a lo que sea posible.

Y el trayecto en metro que en otro momento podría ser el infierno para mí, se hace agradable. Voy sentada, tranquila, oyendo música y leyendo. Lo que antes era "me he tirado una puta hora en el puto metro" ahora es "me ha dado tiempo a oír un disco entero y a leerme un par de relatos completos, que me han gustado mucho". Subo a casa, pensando en hacer una lista de la compra bien bonita, llena de cosas sanas y saludables. Con propósito de cuidarme yo, de cocinar con amor para mí. Compruebo el agua. El termo eléctrico sencillamente ha dejado de respirar. Empiezo a gruñir, a gimotear un poco, a hablar sola y a cagarme en satán y sus secuaces. Llamo a un servicio de reparaciones. Me habla del precio aproximado y no resulta alentador precisamente, aunque la chica es muy simpática y empatiza conmigo y casi me acaba diciendo "hala, hala, ya pasó". Me quedo sin ir a por la comida sana porque (oh, qué suerte tengo, qué afortunada debería sentirme) han conseguido que un técnico venga en una hora a socorrerme, cuando parecía imposible.

Y hablo con mi madre mientras saco casi todo el dinero que me queda en la cuenta y me dice que no hay problema, que lo del termo es una tontería y que no me ofusque. Que no me ponga así por dinero, que no es el dinero. Y la verdad es que tiene razón, pero lo cierto es que estoy hasta las pelotas.

(me he quedado mucho más tranquila, ahora sí)