Ha habido muchas cosas buenas (qué gusto decirlo tan simple), pasaban y me invitaban a coger el boli pero claro, se van diluyendo, porque luego viene otra, más espesa, o quizá más favorable, o simplemente otra, sin más. Y no he escrito en varios días porque a veces es mejor estar en el otro lado, sin cuadernos. Sale solo, lo de vivir, en algunos momentos. Y la verdad es que un bizcocho calcinado hace que la gente congenie; y reunirlos a casi todos, los soles, me ilumina; y que mis amigos del alma y de la facultad estén por aquí todo el tiempo me hace sentir tranquila; y que Lucía me haga sopita de fideos y masaje con aceite de romero casi casi me enamora. Y luego para un lado, y para otro, y cosas como la experiencia de ir al cine con ella y ver cómo se tapa los oídos cuando tiene miedo, la merluza sin salsa pero con setas después del ejército de guisantes, dormir culo contra culo, la camiseta del Cádiz, o la posibilidad de adquirir nuevos vecinos (viejos grandes amigos), entre otras. Y sobre todo, lo más sorprendente, que me hablen de cambios y que no me dé por rechazarlos sistemáticamente. Entoces el jueves, como epicentro, me descubro a mí, distendida, buscándome y lo que es más, encontrándome un poquito, qué cosas. Mucho más fácil, de repente, debajo de una escalera.

Y a final te acabas subiendo, agarrándote donde buenamente puedes, sin miedo a que la falda también trepe, sin segundas lecturas, y oyes a una señora muy perjudicada soltar burradas sobre varios países y ya no puedes saber de dónde ha salido, porque la pobre pierde el idioma a cada cubo de agua. Y tienes (horas antes) un subidón entre muchos, junto a los platos, llenándote de esa canción y viendo como dos o tres más también pierden un poco la cordura. Y quieres vivir como la gente común, tú también. Y todavía me queda, claro, porque me conozco y ya he ido viendo cómo va esto, pero me siento fuerte, y (rimando incluso, yo que huyo de las rimas) siento además que tengo suerte, una suerte de la hostia, de amigos y de mí misma, que al fin y al cabo, es con quien hace falta llevarse bien. Que no me lo pienso perder, niña, te lo juro a ti, que me decías aquello de que tengo suerte de estar con mi culo, pero ya sabes que a mí me gustan más mis tetas.

Y ahora mi invitado me ha regalado un chiste antes de irse a Barcelona, y ya se me ha olvidado. Pero no me olvido de los dos abrazos consecutivos, y de darle las gracias a él, por venir. Así que como ya estoy despierta y la sesión matinal de música de pared ya ha empezado, me como dos (entre borrador y borrador serán más) tostas de ésas de aperitivo, con paté a las finas hierbas; y con el permiso de mi voz ronca y mi resaca, me vuelvo a la cama, que parece que ha amanecido Siberia. Y es que además ayer me preguntaron "¿qué te parece?" y yo dije que me parecía perfecto.