Mandé la solicitud para el puesto de promotora de bebida espirituosa. Me citaron para una entrevista esa misma tarde. Al llegar, me recibieron un par de ánimas, las mismas que me habían despertado por la mañana, sonrientes no obstante, con unos papeles volátiles alrededor. Cogí uno de ellos. "Existe", era lo que ponía. "¿Qué es lo que existe?" les pregunté, "te equivocas de tiempo verbal", contestaron. Me dieron un beso y se fueron, mirando hacia atrás, por si las seguía. Las seguí y me dejaron frente a una fuente. Tenía burbujas. Muchas. Eran burbujas hechas de la sal gorda de las galletas danesas. Me acerqué y olía a frío y a colores ácidos. Olía claramente a limón, pero al color, no a la fruta. Me acerqué demasiado y me picó la nariz. Al rascarme hice un sonido musical, como dingdongding, que nunca jamás había oído. De la fuente emergieron unos gladiolos enormes que se deshojaron (se despetalaron, se despelotaron) los unos a los otros y soltaban unos grititos agudos espantosos. Les grité que pararan y como no me hacían caso me metí en la fuente, con ellos. El ácido sólo me llegaba hasta las rodillas pero dejé de respirar instantáneamente. Mi piel se fue volviendo transparente, poco a poco, mis ojos violetas, los podía ver desde dentro. Mi cabeza, efervescente, se desvanecía en vertical. Cuando estaba a punto de desaparecer llegó con paso firme un señor de pómulos resistentes y orejas acusadoras, me agarró del brazo que me quedaba visible y me levanto en el aire. "No es un suted muy formal, señorita", me dijo sin soltarme aún. "Se dice usted, señor", le contesté, y luego rompí a llorar y luego a reír y al revés. Él negó seis veces con su cabeza puntiaguda arañando el techo y dibujó en el aire mi castigo.