En realidad no es guapísimo. Es mono, a veces. Está estropeadillo, quizá. Pero no es eso lo que me enamora. No. Además tiene dos niños y una vida, y es depresivo, y tuvo que estar en desintoxicación y es adicto a las pastillas y sufre de pánico. O eso dicen por ahí. Eso, y que no se va a fijar en mí precisamente hoy. Tampoco lo voy a forzar. Me limitaré a mirarle intensamente, a ver si se da por aludido. Inventarse cosas es gratis. Y es que yo podría hacerle feliz, a él. Yo podría hacerle reír, a él que siempre parece tan triste, en el fondo, aunque disfrute cantando, aunque se le vea contento. Le falto yo, y el pobre no lo sabe. Yo llegaré por detrás a diario, cuando por la mañana él se dedique a componer con la guitarrita, junto a una ventana. Llegaré por detrás y le daré besitos en la nuca, con la nariz y la boca, y sus pelos despeinados me harán cosquillas en los ojos. Y él me dirá que así no puede concentrarse, y se volverá hacia mí con una sonrisa, y me llamará pequeña, y desayunaremos con mucho sol. Sin pastillas. Si eso un porrito. Y por la noche, me cantará suavito, en la espalda, con la voz pegada a la piel, para que no me duela nada nunca más. Qué bien vamos a estar, joder. Seguro que cuando se ríe está guapísimo.

Más majo, mi Jeff Tweedy.

Estoy nerviosa y todo.