Al mismo tiempo una de las chicas del puesto de manicura petarda viene a ver relojes con ojos nerviosos y un móvil en la mano con una música distorsionada por el mismísimo Satán, con lo que a mí me jode que se mezclen los estímulos sonoros. Casi chasqueo la lengua como quien dice mecagoenlaleche pero me contengo. Es pequeña, vestida de blanco, parece un gnomo enfermero. No compra nada, simplemente se aburre. Como yo. Como cada dependienta de este centro comercial. Luego viene el mensajero a recoger paquetes y yo no tengo nada que darle, debe haber sido un error, dice que no pasa nada y yo que siento el viaje en balda, no en balde, porque hoy no sé ni hablar. Paso el trapo por los relojes (los chorrocientos) pero lo hago rápido y con desgana, no porque sea un trabajo tortuoso (es una soberana gilipollez, como tantas otras cosas) sino porque el tacto del trapito es granulado y calentorro, y le da grima a mis padrastros, como si tocara algo que raspa electrónicamente, sobre todo cuando pasa por encima de un reloj forrado en caucho super moderno que parece estar inspirado en la yema de un huevo (frito). Luego veo los nuevos, no están puestos en hora y ya tengo entretenimiento. Algunos no están nada mal, de bonitos digo, pero no me los compraría por nada del mundo. Y hoy no pienso tirar la basura.