Lo que pasa si pides la caña número siete es que probablemente al llegar al fin del mundo descartes el zumo de tomate y, de alguna manera, te quedes hasta que las compuertas se cierren. Quizá esperes en la calle, hagas recuento culinario (variedad y surrealismo), te rías mucho, pegues un par de abrazos y alabes el talento musical ajeno, en su ausencia. Y quizá regreses inesperadamente a 5º de EGB. Pensando que la semana laboral debería durar hasta el jueves para poder dormir el viernes, al final comprendes que si así fuera, el día de las siete cañas o más sería el miércoles. Y no estoy segura de que una sílaba más encaje en los versos. De todas formas, hablé de negocios (después de recibir una chapa en la frente) y hasta marzo no hay espacio para mí en las paredes naranjas, pero no hay prisa. Mandaré una muestra, dejaré el asunto claro y volveré. Vivir me sale (ahora, por fin) de forma natural.