De nuevo había reunido conceptos a desarrollar, de ésos que justo antes de caer completamente dormida, se forman perfectos y claros en tu cabeza, y te debates entre levantarte y coger lo primero que pilles para apuntarlo (un lápiz de ojos, una servilleta); o confiar en tu memoria. Suelo decantarme por la segunda opción a no ser que se trate de una revelación mística sin precendentes. Pero casi nunca funciona. Teclearlo en el móvil es una medida intermedia que suele irme bastante bien. Ahora no tengo memoria, ni servilletas, ni mensajes analfabetos en la pantalla. Aunque en estos dos días o tres he apuntado alguna cosa en el cuaderno. Se me está acabando, después de casi un año. Intentaré no construir grandes simbolismos alrededor de ese hecho.

El caso es que volví a pensar en pedestales, al hilo de los ajenos, y en hormigas, al hilo de alguna conversación mañanera. Y se me ocurre que está muy bien eso de que te pregunten qué tal, cómo lo llevas, sin más. Sin historias, sincero y llano. Y me invento una vida que no tengo, siguiendo la corriente alterna que me ha contaminado a veces, y me río, porque me gusta más la mía. Y pienso también en expectativas y en cubos de basura y en lo cómico y molesto que puede resultar que se te enganche un pelo entre los ladrillos de tu propia fachada y crac, se te quiebre el pelo, las expectativas, los quetales. Pero me parece bien, todo, el proceso lento y natural, la lógica aplastante y las explicaciones.

Antes he tenido que cerrar programas para instalar otros. Como lo de cerrar puertas para abrir ventanas. Y me pregunto porqué sigue ahí ese chupito de jarabe rosa, o por qué los encajes se quedan en la penumbra, o por qué me gusta tanto ver mi ropa de color tendida, con tantos verdes y naranjas largos. Así que después de preguntarme todo esto, me doy cuenta de que nada hace que mi corazón tiemble con tanta fuerza, no lo suficiente al menos, y que de hecho, ese músculo que sigue palpitando aún así, no ocupa lugar, como tantísimas otras cosas.