Me he levantado contenta (muy contenta) a pesar de retrasar varias veces el despertador (sí, me pongo el despertador aunque sea mi día libre -¡por fin!- después de catorce sin librar) y de haber soportado a ratos una guardería afterhours de las que hacen historia en casa de los vecinos; por varias razones:

Una razón: que anoche a pesar de estar casi dormida mientras leía, pude doblar alguna esquina más, fascinada, en especial con un párrafo que quizá cuelgue aquí en algún momento. Un párrafo lleno de comas, un párrafo circense que me habla de algo esperado pero no por ello menos emocionante, y lo leo y abro los ojos en estéreo y pienso, joder, qué bueno es esto.

Otra razón: que algunas cosas funcionan como un reloj bien entrenado contra todo pronóstico, me despierto esta mañana y puedo decir holaholahola y respirar. Y es que a veces, lo que por su naturaleza es totalmente predecible y casi matemático, es algo que no me espero. Como esto, qué curioso, lo de sonreír científicamente nada más abrir los ojos.

Otra razón: que tengo todo el día por delante para reorganizar, cambiar la planta de sitio, darle luz y agua, guardar mi ropa de verano en la otra habitación para poder sacar así los jerseys de la caja que fue cesta hace ya más de una semana.

Otra razón: que he localizado (temía haberlas perdido) las entradas del concierto del martes, que pongo su música para empezar bien y mirando youtubes encuentro este vídeo que no había visto y que me ha hecho reír a carcajadas (es muy raro esto de reír a carcajadas cuando apenas me he despegado los párpados):

Y todo ello, sumado a la insoportable levedad de mi ser, me hace hablar sola, en el silencio que reina (¡por fin!) a este lado de la pared, constatando lo evidente y jaleándome por mi buen hacer; riéndome de mí misma por todo lo alto.