Venía andando, andando mucho, Madrid es un asco cuando es día previo a fiesta, o viernes, o cualquier día en el que la gente sale por la noche, porque no existen las lucecitas verdes de los taxis. No, no existen. Y eso que debería haber más que de costumbre, digo yo. Hay quien dice que alguna vez vio una; yo, incluso, creo que después de mucho andar una noche cogí uno libre, pero no ha sido el caso. Nunca (o casi nunca) es el caso. Me acompaña de vuelta una conversación de teléfono (un sol en mi oreja) hasta que me resigno al autobús que me dejará a otro paseo de mi casa. Resignación, a veces es lo único que tienes. Y tras el búho, eso, lo que decía, que venía andando, los pies doliendo, las copas asentándose, toda la pesca. Y he tenido otra conversación telefónica, esta vez ficticia (mecanismo de autodefensa absurdo, es complicado de entender) y lo cierto es que me he dicho muchas cosas interesantes. Bueno, no es que fueran muy interesantes, tampoco es eso. He hablado de todo un poco. Incluso del frío que se queda en los vaqueros y hacen de éstos una prenda estúpida. Y al final del todo, casi abriendo la puerta (sin soltar el teléfono, como si fuera de verdad) me he contado a mí misma que soy inofensiva, y eso, ahí donde lo lees, no es ninguna tontería.