Un poco de todo. Quizá es por la furia con la que me rasqué los pies, los tobillos, las piernas, mientras leía metida en el edredón. Anoche. Quizá sólo estoy cansada. Me hace gracia lo de “todo eso ya pasó, menos mal”, que repite mi amigo Jorge cada vez que por lo que sea menciono cómo estaba yo hace un mes más o menos. Ya pasó, sí. Me recuperé justo antes de perderme. Y vino la euforia, pero contenida, en su justa medida. Llegó el momento de mirarlo todo con perspectiva. “Bien” es una de las mejores palabras que conozco. Aunque tenga unos calcetines hechos de arañazos, aunque haya perdido un poco de alegría, estos días. Y no es por nada, es porque estoy bien, y estando sólo bien no puedes conservar las energías siempre a tope. Madrid sigue siendo Madrid, trabajar en domingo sigue siendo un asco, y las pelusas siguen estando debajo de la cama. El tedio sigue apareciendo cuando menos te lo esperas. Y luego está eso de que las cabezas las carga el diablo. Medias verdades (por desdibujadas, no por falsas), una pizquita de inquietud (la justa, incluso positiva), muchas cosas por hacer (y de nuevo la pereza de hacerlas), pero al fin y al cabo, bien, gracias. Ya no tacho tareas de la lista. Ya no me pongo deberes. Ya no me da miedo rendirme. Porque no se trata de rendirse, nunca más. Me limito a percibirlo todo sin legañas ni gafas de aumento. ¿No sales hoy? No, me quedo en casa. Viviendo sola y pasando el rato. Soy nueva y me merezco los mimos. Ahora estoy pensando seriamente en ponerme de nuevo a ello. Sin dolencias. Sin remolinos. Abrirlo en canal y reinventarlo. Todo lo mío. Otra vez. Como cuando te tienes que cambiar de zapatos, porque a tus botas favoritas se les han roto las uniones. Voy a hacerme con una aguja enorme y una madeja de lana resistente. Voy a tejer, coser y remendar. De hecho, empecé hace tiempo, sólo que ahora, por fin, veo los colores del resultado. Bufandas para atarme larga, ojos de estreno, pies descalzos. La ventana del balcón abierta, a pesar del frío.

Ja.