Odio cuando me salen así, pero así son. Día un poco inconexo, entre yo y el mundo, y primero me río y luego me preguntan si estoy triste y pienso, no, no estoy triste, es sólo que. Y no termino la frase. Luego, en la parada anterior a la de mi casa, cómo no, el metro se queda parado, puertas abiertas, unos minutos. Los suficientes como para pensar en sacar la cámara y hacerle una foto muy bonita al espejo grande que hay junto a ese túnel, ese espejo en el que curiosamente estoy yo, y ni me había fijado. Es decir, me había visto, pero no me había visto, visto. Hay veces en las que no soy yo, yo. Muchas veces. Miro con el iris en lugar de con la pupila, ésa es la sensación. Al final no he hecho la foto porque me he visto la cara triste y he pensado que a eso se referían antes, pero que igual es la cara de volver del curro, del dolor de espalda, del abrigo de cuadros grises que tanto me gusta pero que no me hace alegre si no pongo de mi parte. Y odio cuando me salen así, sin pensar, caminando despacio y sacando en claro que hoy estoy lánguida (mejor aún: soy una lechuga), y no puedo tirar de los pies porque sesean, y subo y meto entre dos panes lo que pillo y me alegro de tener algo coherente en la nevera por una vez. Al final me doy cuenta de que la culpa es mía, por tanto hervir garbanzos, en la azotea. Lo mejor, dejarlos en remojo, sin hacerles mucho caso. Comprobado.

Y la banda sonora de todo esto, quizá sea así:

Pero no estoy segura.