Esta es una guía para personas con poca suerte y/o poca pasta, que carecen de calefacción central y se valen de un radiador de aceite y un calentador de aire bajito, para empezar un miércoles cualquiera por la mañana, en el más crudo invierno (o lo peor, en el principio del más crudo, lo cual quiere decir que esto va a más y a peor, señores), o para volver a casa tras un largo día de pluriempleo; y no morir congelados en su propio recibidor. Enumeraremos los consejos prácticos y truquillos de supervivencia con un orden completamente aleatorio, porque así soy yo.

1.- Al llegar a casa, no creas que te has salvado de la cara uniexpresión con la que vienes andando por la calle con este frío helador, no señora. Lo primero, con el abrigo aún puesto, es encender el radiador a la máxima potencia, en el lugar en el que vayas a pasar las horas siguientes. En mi caso, mi habitación, porque es lo que antes se calienta y porque si quiero escribir chorradas como ésta, es donde me corresponde estar.

2.- Si necesitas ir al baño, procura que sea un número de veces infierior a dos, como mucho, antes de acostarte. Más que nada porque no hay cuerpo que resista salir al pasillo más de dos veces al día. Para ello, puedes aprovechar tu lugar de trabajo o el último bar en el que has estado tomándote una caña para así llegar a casa meada y (los que no tengan pudor) cagada.

3.- Lo mismo pasa con la cocina. Si puedes llegar a casa cenada (si vas de cañas es un punto a favor, siempre que vayas a bares simpáticos en los que las tapas no sean sólo almendras o aceitunas, aunque yo podría alimentarme sólo de aceitunas todo el invierno, si nos ponemos tontos), tanto mejor. En el caso de tener que cocinar (tarde o temprano esto acaba pasando), pasamos al siguiente punto. Minipunto para la tarea de fregar los platos, que además de resultarme relajante (sí, tengo ciertas excentricidades, qué pasa), te calienta las manitas para un rato.

4.- Para operaciones de alto riesgo, esto es, de expedición al gélido exterior, recomendamos hacer acopio de todas las capas cebolliles en forma de prenda que puedas encontrar. En mi caso, la última capa de la cebolla es una gran rebeca verde con flecos que bien pudo ser un teleñeco en otra vida, amarrado a la cintura con cualquier cosa que encuentre (es una rebeca muy bonita, pero sin botones ni hostias). El resultado no es precisamente el cúlmen del glamour, claro. De hecho, me parezco bastante a un ayudante de Santa Claus, una especie de elfo tiritón. Cuantas más capas, mejor, y cuanto más te parezcas a una bola de lana rellena de algodón, más cerca estarás de comprender a lo que me refiero. Las camisetas por dentro de las braguitas, los calcetines por fuera de los pantalones y cuantas combinaciones antilujuria se te ocurran. Ni que decir tiene que cuando salgas a la calle con todas esas capas (procura colocar las capas en orden más estético previamente) y entres en el metro (esa pequeña sucursal del infierno en la tierra) para ir a tu lugar de trabajo o a donde quiera que vayas, te cagarás en mis muertos y tendrás que ir quitándote una a una todas las capas o sufrir un baño en tus propios sudores dentro del abrigo, a modo de monosauna gratuita.

5.- El radiador es tu mejor amigo. Aunque pagues millones en electricidad, ése es un mal menor, créeme. Lleva tu radiador a todas partes, tirando del cable a modo de correa, como si fuera un perrito. Apoya los pies (cubiertos en varios calcetines) sobre él mientras ves una peli. Coloca allí toda la ropa que vas a ponerte mientras te duchas, sujetador y bragas fundamentalmente, así como calcetines. Y no temas a los vaqueros calcinados, porque te salvarán el culo de la muerte más ridícula (ya saben, la muerte por congelación de culo, de toda la vida, vamos). Todo esto nos va llevando irremediablemente al peor momento del día: la ducha mañanera (y no me digan que me duche por la noche porque lo mismo da que da lo mismo).

6.- La ducha. Ay. Procuraremos evitar perder lo que nos queda de dignidad, intentando por todos los medios no gimotear mientras nos quitamos el pijama (y el teleñeco, y los cuatro pares de calcetines). Nos repetiremos a modo de mantra cualquier cosa que sirva para consolarnos (no hay dolor, no hay dolor). En mi caso, esta mañana, una buena amiga me ha dicho (creo que no lo decía totalmente en serio) que el frío es sanísimo, que me pondrá la piel tersa y que en primavera seré la envidia de todos. Esto, posiblemente, no sea cierto, y de todas formas no es lo que se dice suficiente, pero hay que agarrarse a lo que sea. También ha alabado mis pezones, muy maja ella. Encenderemos, antes de todo el radiador de aire caliente a los pies, y quizá (en casos extremos) abriremos el grifo de agua caliente (todo lo caliente que se pueda a riesgo de quemarnos los pies al entrar en la ducha) y dejaremos que el baño se llene de vaho, y que todo parezca una representación onírica y fantástica en la que no hay sufrimiento. Luego, bajo el chorro de agua caliente todo es felicidad, pero hay que ser fuerte para enjabonar el cuerpo de una, porque el gel, hagas lo que hagas, te pongas como te pongas, está frío de cojones. A la mierda el aroma de té verde o la colorterapia: el gel es una putada, y punto.

Y hasta aquí, de momento, todo lo que se me ocurre mientras estoy renderizando millones de frames. En próximas entregas, la práctica guía para sobrevivir al horno que es mi casa en julio, con sólo un ventilador, sin acabar el verano hecha un charquito en el suelo.

Y ahora, voy a comerme un donut, por valiente y pobrecita de mí.

Brrra.