Voy a tratar de identificarme, por todos los medios, en el espejo que tengo frente a mí. Cuando lo haga, puede que sonría, pero poco, porque no tendré tiempo que perder. Hay que empezar cuanto antes, a dibujar desde los pies, o desde las manos, nunca desde la arriba. Dibujar y repasar los bordes, con un rotulador negro hormiga, precisamente hormiga, para separarme del fondo. Y así, desligada de lo que viene detrás, poder levantarme con el corazón en blanco, el cuerpo en negro, la cabeza en rojo. Leeré más. Escribiré con las gafas puestas. Iré a graduarlas. O me operaré la vista. Buscaré, quizá, lo que se me ha perdido. Dejaré de esperar sentada, quizá lo haga de pie, para salir y agarrarlo en cuanto doble la esquina. Escucharé atentamente, porque debo tener muchas cosas que decirme. Escarbaré, haciendo un agujero en la arena seca, sin dejarme achantar por las dunas que se cuelan entre los dedos. Me templaré y caminaré despacio. Procuraré masticar al menos seis veces cada bocado.