Alguien decía verdades como puños, de las que ponen los pelos como varillas de paraguas, y yo me levantaba de una mecedora roída en la que estaba sentada, en la acera gris, para saludarle. Tenía el pelo diferente a como lo imaginaba, pero le sentaba muy bien la camiseta blanca. Lo simple, funciona.

Luego era todo una cabalgata de estupideces, la niña que no crecía (con la misma camisita vaporosa de flores pequeñas con la que se cayó al río y casi se ahoga) me quería comprar papel de envolver regalos y yo no podía (incluso no quería) vendérselo porque mi rollo de papel rojo (muy rojo) estaba ya empezado y lo necesitaba para volver a empaquetar el pescado (ahí es nada).

Nada tenía mucho sentido y todo se alargaba sin motivo aparente, como suele pasar. De hecho, parece que mi subconsciente ha esperado hasta el último segundo, el último antes de que sonara la alarma, para mandarme a reaccionar llamando a la niña estúpida y burlándome de ella de manera cruel. Me he mirado a mí misma con decepción, con un poco de desconfianza, pero luego he pensado que hoy es jueves y que habrá que tomarse unas cañas. Y que si mi subconsciente es mezquino, eso es algo que simplemente, pasa.

Lo bueno de esta mañana (tras la decepción) es que he salido al pasillo gélido y me he topado de nuevo con Rosa. Ha vuelto por esta noche y se vuelve a ir para el fin de semana. En unos días, retoma su sitio. Se me había olvidado lo bien que sientan los buenos días, o mejor dicho, las conversaciones de dos líneas en las que no hace falta más que un gruñido de emes y eñes por mi parte y un "lo sé, lo sé", por la suya. Bienvenida a casa, de vuelta, compañera.