No consigo terminar de apagar el ordenador, todas las pantallas, los programas, las luces. El botón grande y definitivo, por más que lo mantengo pulsado, sigue mostrándome burlón su sombrerito verde. Alguien me está metiendo prisa y yo odio cada centímetro de mi piel iluminada por la luz azul de la pantalla TFT. Luego recorro los pasillos de mi antigua casa, los mismos, sólo que más largos y en la más completa oscuridad, con prisa y cien miedos. Dejo atrás el salón, el cuarto de mis padres, el baño. Al abrir de par en par la puerta de mi habitación espero encontrar protección, seguridad, descanso. Lo que encuentro son dos bultos alargados bajo mis sábanas y ninguno de ellos soy yo. Estoy sola.

Abro los ojos en mi casa ahora, sin saber si esto lo he soñado estando completamente dormida o si simplemente he cerrado los ojos mientras cambiaba de postura. Miro el reloj y el tiempo apenas ha pasado, no lo suficiente. De repente recuerdo la banda sonora de la carrera por el pasillo, una versión de una canción de las que siempre están ahí y de repente te paras y la muy puta te habla a ti, después de todos estos años. Sin saber cómo y por sorpresa, pero de un modo nuevo e inequívoco.

Me vuelvo a la cama dejando todo esto a mano, con la certeza de que no debo ir a la cocina a por más agua y con el vacío idiota de quien ha olvidado lo que había venido a hacer. Ya dentro, la manta me huele demasiado a manta y sé que vuelvo a no poder dormir. En otro sueño, o quizá en otra postura, una voz me increpa: ¿de verdad lo tienes a mano?