Y ahora resulta que tengo una aspiradora entre verde y azul. Aguamarina. Me sonrojo y sienta bien. La enchufo en el baño, junto a la puerta, y aspiro toda la casa sin necesidad de cambiarla de sitio. Es pequeña mi casa. Hay cosas que no cuadran. No me gusta aspirar, pero es eficaz. Más que barrer. Yo siempre he aspirado mucho, en realidad, si me fijo. Y también he barrido, pero menos. Prefiero mirar arriba a esconder debajo. Aunque hay cosas que no hay más remedio que barrer. Cuando me siento como la voz de PJ Harvey, cuando parece que soy yo su voz y que son mías las palabras que ni siquiera me paro a entender, sé que debo andarme con cuidado. Se me acabaron los huevos. Sí. Ya queda menos, para lo que sea que tenga que venir. Para volver a reunirlos en medias docenas que duermen en la puerta de mi nevera, para que venga mi hermana tres días y pueda darle pataditas debajo del edredón y decirle buenas noches, para volver a aspirar las pelusas, o aspirar a algo, no sé, algo que esté suficientemente alto como para que me encienda los motores, pero que al menos pueda verlo desde aquí lejos, como estoy. Tan lejos.