Todo ha empezado pensando en hacer un paquete de quinientos folios trizas, bueno no, recortar cada uno de ellos delicadamente en circulitos minúsculos, y almacenarlo todo, los circulitos y la delicadeza, en una bolsa grande, cuidando que no tenga ningún agujero. Un toque de guitarreo en forma de rayas, quizá, para acompañarnos mientras dure el proceso. Cuando estén todos los pedazos juntos, meter un puñado en la mano, cerrarla y aplicar la boca en el orificio que se formará entre los dedos, si no apretamos mucho. De eso va todo, de no apretar demasiado, de hacerlo suave. En esta posición, soplar. Comprobar cómo cientos de papelitos blancos vuelan caóticamente hasta caer al suelo. Durará sólo un par de segundos, a lo sumo. No hace falta más. Miraremos el resultado a nuestros pies, mucho mejor si el suelo es oscuro, por aquello de los contrastes. Luego tendremos que recogerlo, cuidadosamente. Con delicadeza. Y repetirlo cuantas veces queramos.