Es raro esto. Parece que últimamente ni siento ni padezco. No como solía hacerlo, al menos. Y de repente, descubro que aún tengo a flor de piel muchas cosas, no sé, lo descubro porque veo una película y todo me conmueve. Y de repente quiero gritar y luego quiero que me abracen y luego, inmediatamente, quiero que me dejen sola, conmigo misma. O igual no precisamente por ese orden. Las películas que manejan ciertos conceptos inteligentemente, que se mueven sibilinas en mi cabeza, me las llevo a la cama y siento una mezcla de gratitud y desamparo. Sigo teniendo el corazón abierto, en canal, de alguna manera. No entiendo qué me pasa pero tampoco le doy más vueltas. Lloro por cosas que me vienen de fuera, que no son mías, lloro por ternuras y realidades ajenas. Y si se me humedecen los ojos en un punto, es como darle al botón de activar el géiser, y ya no puedo parar. No sufro, sólo pierdo un poco el control, con mesura. Me conmociono, me conmuevo, me hago compacta y plegable. Y acto seguido, vuelta a la normalidad, o eso creo.