Ya iba siendo hora, en realidad. Por mucho que me cueste de repente, ordenar las lentejitas de mi cerebro (tenía una profesora, cuando era muy pequeña que me explicaba así lo que teníamos en la cabeza: millones de lentejas con palabras dentro, que se mojaban y se inflaban como globitos marrones), llamarlas a cada una por su nombre, escoger la más bonita y lanzarla al espacio. Así es como yo lo veo. Y lo más curioso es que cuando lo cuento, cuando digo "mira lo que ha pasado", la reacción más común es la de preguntarme qué voy a hacer ahora. Y lo que he estado preguntándome durante meses soterradamente (la real academia de la lengua española no reconoce esta palabra, ustedes disculpen si me la invento), de pronto tengo que preguntármelo con urgencia y a viva voz. Qué cojones quiero hacer con mi vida. Qué me gusta. A qué quiero dedicarme. Podría parecer obvio, pero por lo visto, no tengo ni idea. Ni la más remota. Pero en realidad, todo es para bien. Seguro. Por poca respuesta que encuentre en las legumbres, lo que está del todo claro es que ya venía siendo hora de dejar de ser dependienta. Y volviendo a casa, el dolor de espalda, los quince días sin librar, las cuatro horas de pie, los orientales obsesionados por Dolce & Gabbana, la caja cuando no cuadra, los chalecos del uniforme; todo se me vuelve raro y pienso que sí, que se puede ir todo a tomar por culo, que yo me voy a otra parte, la mar de contenta, aunque sería más fácil si tuviera un mapa detallado, con un círculo en rotulador, marcando mi objetivo. Y la gente, la que se ha ido haciendo hueco, seguro que se queda. Mañana veré si me dejan llevarme algún mueble.