Al final, me gusta más, aunque sea más trabajoso y menos pulcro, cortar las cosas con tijeras, repasando los filitos blancos que sobran, doblando, si acaso, los bordes previamente. Al final, sigo viviendo artesanalmente, y prefiero emborronar (y mira que de eso siempre me quejo), antes que ser tan perfecta. Porque no lo soy. Soy torpe, y a ratos me equivoco, y me faltan muchas ideas, y algunas cosas sólo las controlo medio bien. Pero hay algo ahí, en emplear herramientas pasadas de moda. Sobre todo ésas, que aunque puedan parecer viejunas, siguen siendo las mejores, por lo divertido del proceso. Los equívocos, las miradas que sin guiñar te cierran la frase, los puntos en la propia boca, la libertad de poder decir "esto es lo que quiero hacer" y de repente, verlo claro y confuso al mismo tiempo, o difícil, y que te entren dudas, y todo eso que suele ser tan molesto, pero que no importe. Y sé que no importa cuando vuelvo andando a casa a la hora de comer y aunque me sobren capas de ropa y dolores de todo tipo, sonrío cociéndome bajo el sol rodeando la estación de Atocha, como si caminara por medio de un parque muy verde en mitad de Paris. O algo muy parecido, oxigenado y límpio. Con los tonos claros tirando a amarillo y los oscuros tirando a cyan.