Son varias cosas, a saber: la fascinación por los surcos de piel causados por un calcetín demasiado eficaz (si es que se puede ser demasiado eficaz); la sonrisa tonta que viene de oír la lluvia caer asomada a la ventana de todos los días (la que tiene el vacío negro ahí abajo, con una evidente montaña de colillas y quién sabe qué más), y darme cuenta de que esa lluvia suena como a besos con lengua; también pensar, así, a bote pronto, que aquel profesor de narrativa no tenía más que eso, lo de ser profesor de narrativa, y que gané el concurso porque votaron mis ocho amigos; o quizá jugar con la idea de que cuando me pongo la capucha (funda mental de días mojados... oh, vaya, un juego de palabras, qué ingenio) mi caminar se parece un poco al de un pingüino desorientado. No lo sé, todo esto me ronda pero ninguna de las cosas que pienso se terminan de materializar. Puede que quiera coger a alguien de la mano y decir: hey, siento lo mismo, estoy aquí. O puede que sólo necesite que llegue marzo, y con él mi descanso y el sur (ay, la necesidad, respirar, refugiarme y batirme en duelo a bofetadas), ya que he perdido la esperanza de encontrar el norte, y además ya no me importa demasiado. Me vale con pasar el mayor tiempo posible tumbada, por el momento.