Listo para la inmersión, el buzo se mete en la cápsula especial, mirando por el ojo de buey, a solas con sus pensamientos. Le rodean millones de calamares adultos, que se estrellan contra su cubierta y rebotan. Pequeños jets de propulsión, a velocidades extremas. Es la noche del calamar. Una reunión imprevista, con el mismo número de hembras que de machos, dispuestos a pasar horas disfrutando de una orgía por todo lo alto. Bailan, dejando flotar su tinta como fantasmas diáfanos, para confundir a sus depredadores. Los proyectores y focos de las cámaras submarinas deberían hacerles huir, pero ocurre justo lo contrario.

Los calamares han venido desde muy lejos para cumplir una única misión, la de engendrar vida. Son criaturas de otro mundo, de un mundo que existió hace doscientos millones de años. Se cuelan en las hélices, en los motores, y con tan sólo una docena de cuerpos blandos pueden detener un barco de más de dos mil kilos. Los calamares bailan obsesionados, en una fiesta de éxtasis, violencia y agonía. Se caracterizan por su amor delirante, siendo la poligamia y los encuentros a tres, algo más que habitual.

Durante los frenéticos movimientos de acoplamiento, en el colmo de la excitación, los calamares cambian de color, tornándose rojizos y marrones, con vetas que les recorren todo el saco. Incluso llegan a emitir luz, una luz frenética. Después del apareamiento, las hembras dejan sus vainas llenas de huevos atadas a las algas del fondo. Se dejan ir, sin fuerza. Los machos sólo interrumpen el sexo y los embistes para devorar a sus mujeres. Al día siguiente, lo único que se puede ver en el fondo del mar es una alfombra blanquecina de cadáveres exhaustos.

El primer gesto de un calamar recién nacido es soltar una nube de tinta. Al nacer miden tan sólo tres milímetros, pero en cuanto salen del huevo nadan con maestría. Tienen un instinto ciego, irresistible. Se concentran en una ridícula danza infantil, repetida miles de veces, como preludio de un nuevo intento de conquista masiva de los mares.