Esta vez, de todas las veces. Porque siempre es lo mismo, siempre, sin excepción. Ya me lo han dicho clarito, entre líneas, alguien que sabe mucho. El tiempo es una variable estúpida. El tiempo no pasa, ni se detiene, ni retrocede. El tiempo es una variable jodida. Y la vida es una lianta. Estoy en una cinta de correr en un gimnasio al que no me quiero apuntar. La velocidad de la cinta es inversamente proporcional a la de mis inquietudes, pero no hay quien la pare. Y no dejo de correr, y subo la música, y presiono todos los botones. Todo lo que tengo que decir, todo lo que se va construyendo en mi cabeza y anida por aquí dentro, todas esas estructuras de nata montada, temblorosas; tan pronto aciertan como marean, y me canso una barbaridad. He pensado en apretar esta pelota como si fuera un juguete antiestrés. Voy a apretar también los dientes y el culo; los primeros porque me bailan histéricos sin ton ni son, formando frases o carcajadas, y el segundo porque últimamente no hay quien lo sujete, y cada dos días se me resbala. Relaja, suena en mi cabeza. Relaja, me dicen todos. Relaja, me digo, y lo añado a mi lista de mantras de repetición.

Lo confieso; estoy a medio hacer. Doy rodeos en un caminito lleno de piedras, que saltan con mis tropiezos y levantan mucho polvo. Y el polvo, con mi cansancio, me irrita la mirada y me pierde un poco, lo justo para dar una vuelta más, sin darme cuenta de lo que hago, y vuelta a empezar. A veces pienso que fuerzo la caída, de alguna manera. Nado en círculos, con un movimiento de piernas absurdo. Ahora abro, ahora cierro, ahora abro, ahora cierro. Como cuando me recojo el pelo en una coleta y tardo dos minutos en quitarme la gomilla. Porque tira para detrás, y duele, porque tira para lo otro, para justo lo contrario de lo que estoy haciendo. Lo confieso; vivo amagando e indecisa. Tengo muchos pedazos de tela mal hilvanados, soy un puñado de frases sin terminar y pensamientos peonza. Dejo mis asuntos pendientes y me pruebo unos pendientes que me ponen rojas las orejas. Siento la pelusilla de mi piel y todo lo que digo lo exagero de corazón. Me agota mi propia intensidad y la facilidad con la que se me abren todos los grifos.

A puerta cerrada y con la cena digerida, estoy abriendo mis ventanas de par en par. Las cosas, ahora, en mi cabeza, son a ratos añil y a ratos naranja. Como las mandarinas que explotan en las manos y el mar adentro. Me vuelvo ácida, acuática y un poco tontita, al instante. Me desenrollo sin poner cuidado con los pliegues. Creo que algo está a punto de entrar en combustión y cada vez que me miro al espejo siento miedo. Me gustaría ser como mi padre y llegar a ese punto en el que todo mi interés se concentrara en buscar pájaros y observarlos de lejos. Sin más.