Te levantas temprano, muy temprano. Ducha caliente. Magdalenas y sueño. Disfraces. Sonríes. Oficina de empleo. Coges turnos para dos colas distintas, sientes el estrés, te haces preguntas, subes y bajas la música. Sueño y dolor de cabeza. Sonríes. Te falta un papel. No. Lo tienes pero te lo han dado mal. Llamas a tu ya exjefa y con muy buenos modales te cagas en sus muertos. Sonríes. Igual lo tienes para esta tarde, ella te llama, de acuerdo. Quieres dormir. Sonríes. Vas a casa de nuevo, sueltas papeles, te vuelves loca buscando otros que evidentemente ya no existen. Te haces dos sandwiches y coges un petit suisse (ahora tamaño yogur). Vas a la oficina arrastrando los pies. Pero sonríes. Curras dos horas. Sonríes. Comes viendo vídeos de youtube. Twitteas chorreces. Tienes más sueño, dolor de piernas. Sonríes. Después de comer trabajas dos horas más. Aplastas setas que mueven la cabeza mientras andan. Explosiones. Looping forever. Canciones sin nombre. No puedes evitar sonreír. Sales y hace mucho calor, pero estás resfriada. Sudas y sonríes. Recoges las tres copias de la exposición que tenías encargadas. Las cargas por todo Madrid y vas al despacho de tu ahora ya exjefa. Te atiende sudada, descalza pero con las uñas pintadas y bajo la bronca de su marido. Te cuenta su vida. Te importa un pito. Sonríes. Que tengas suerte. Cuídate. Sonríes. Bajas andando hasta la Castellana, sigues andando hasta Colón donde sabes que para un autobús que te conviene. Calor. Sonríes. El plástico de burbujas en un brazo lo hace todo resbaladizo. No te puedes sentar. Sonríes. A tres paradas de tu casa, el autobús pincha. Se oye a una señora diciendo que eso no es posible. Sonríes. Sorteas hordas de gente ociosa. Cafeterías al sol. Gintonics, tiendas de souvenirs, tubos de escape, papel de burbujas. Sonríes. Ya que estás, decides forzar la máquina. Desvías tu trayectoria 90º y entras en esa librería a la que nunca podías ir porque siempre estabas currando. Sonríes. Miras estantería por estantería. Preguntas por dos títulos. Uno agotado y pendiente, el otro ni puta idea. Compras dos cosas tontas para regalar. Sonríes. Entras en otra tienda donde no tienen ni de lejos lo que buscas. Sonríes. Te duelen las piernas y te fallan las fuerzas. Vas bajando, ves tu casa al final de la calle y de repente alguien sale de una puerta y se choca contigo. Sonríes. Es el dueño del bar de tu exposición. Que dónde vives, que viene de tu mercado, que si estás bien, yo sí, muy bien, y tú, pues también. Beso en la mejilla, sonríes, se va a abrir el bar que ya va tarde. Sonríes. Llegas a casa. Todo desordenado. Tu ropa doblada encima de la cama como en un mercadillo. Papeles de todos los tamaños. Bragas. Cables. Ya se ha bajado el disco. Calor, sueño, cansancio. Rosa te hace reír a carcajadas y utiliza tonos muy concretos para según qué cosas. Te ríes. Te haces un batido de fresas con leche y funciona. Prometes un gran gesto de amor relacionado con puré de verduras pasado de fecha. Sonríes. Qué felicidad más tonta.