La extrañeza magnética de dos pares de ojos. La llorera instantánea que viene del ataque de risa. La charla burrosexual con ventanas abiertas de par en par. Las roscas baratas. Los rabillos del ojo y los lunares. El ataque de los zombies comecerebros. Dinosaurios. Hombres-mono. Exploradores y magos. Actores muy malos y tetas asesinas. Las palabras y las mariposas allá donde mires. Peluches refrigerados. Gritar sólo a veces, intentar mantener la atención en un sólo punto. Lunas y soles. No saber si es sierra o es nube. Atrapar campos de amapolas al vuelo. La niña quiere un telescopio y si no lo ha dicho veinte veces, no lo ha dicho ninguna. Los niños blandos y sabios. Corchos blancos, sábanas, cortinas, persianas rojas. Mear en el campo, margaritas en el culo, lilas en la mano. Tú te las llevas todas en el pelo, y seguro que aún te duran. Cigarros a escondidas, en las trincheras del castillo bonito de aquel pueblo, cuyo nombre se lo debe haber inventado mi madre en otra vida. Verdades absolutas. Que hay que mirar bien las cosas, que se acaban. Que te quedas dormida con los ojos abiertos y duele. Que los sentimientos, cuando son verdaderos y grandes, no se pueden explicar. No, no se pueden. Y que la muerte, como el sexo, cuanto más sucia mejor. Como el paredón y los fusilamientos, nada de conceptos etéreos o metáforas. Y lo de la almohada tallarín y el pueblo fantasma de Almohadín. Nuestras cabezas como las de la dama y el vagabundo, unidas por la actividad de ambas azoteas, bajo la luz que aparece y desaparece misteriosamente, en tu habitación. Se me transparenta la cabeza, cuando te tengo cerca. Y acabo inventándome medidas, en euros o en metros, para comprender distancias que no son tales. Y me quedo con el rótulo de una fábrica de chapa y pintura, y sonrío, porque eso es lo que hacemos. Darnos la chapa y pintarnos. En el viaje, me pregunto, o me preguntan, qué pasaría si me quedara a vivir en la parada de mitad de recorrido, ahí donde todo el mundo se encuentra, donde hay colas siempre, donde se vende un terreno de 14.000 metros, que tiene fuera unos bancos para sentarse y mirar la vida de espaldas, con este par de ojos ahora sin ti, que según tú dicen mucho más que callan y que por fin, están dispuestos a leérselo todo.