Tengo una camiseta con el cuello de pico, color blanco nuclear, pegada a mi piel roja tirando a moraíto, junto a las tiras marcadas de un bikini que ahora está tendido aquí, fíjate, en Madrid, después de darse un baño no tan helado junto al cabo de Trafalgar, con el sol a media hora de esconderse y el viento desafiando a mis pezones. Le eché cojones a las olas, a pesar de todo. Ahora tengo los brazos más estirados que nunca.

Vengo con una sobredosis de buena comida (atún recién pescao, ternera retinta, presa ibérica, pollos de campo muy amarillos, arroz con piñones y pasas, tarta de queso y chocolate con mi edad en rojo bien grande), de mucha cerveza y algún tinto martinete, de tres chupitos de hierbas tres, de reírme sin parar y escuchar chirigotas de otros años, de sentirme entre los míos, los más míos, rodeada de paredes blancas que hasta pasados dos días no dejan de arañar las retinas. Y toda la ropa que ha salido de la maleta está llena de pelos finos blanquitos, de mis perros. Y el silencio que la primera noche inquietaba a la hora de dormir.

Tengo un año más y un spray para sobrevivir, entre otras cosas. La cabeza llena de bártulos y el tiempo corriendo, como viento frío de poniente y de componente sur, con ciertas lluvias y solazo a los pies. He estado cuatro días viendo amanecer a través de un balcón pisado sin zapatos de ningún tipo. He descubierto de nuevo, todo. Sólo tenía que volver a abrir los ojos y que se me llenaran de mar. Y también he recuperado el noble placer de ver un bicho, empujarlo levemente con el dedo y ver cómo se hace pelotita, cómo rueda suave hasta el borde y plop, cómo se desliza hasta el suelo. Sin muletas, ni toboganes, ni cuerdas llenas de nudos. Naturalmente.

Fantástico