En mi casa ya hace un calor de estos que no te dejan vivir. Todavía estoy en el primer mes, el mes de la mala leche y las maldiciones. Cuando pasen un par de semanas o tres acabaré acatando las órdenes circunstanciales y me haré amiga del calor, o al menos lo respetaré y me adaptaré. De momento, mi habitación está cerrada con compuertas de madera no demasiado herméticas que evitan los rayos del sol, mi ventilador a escasos centímetros y mi uniforme de trabajar en casa sólo tiene un componente irrefutable: las bragas. También me dedico, cuando cae un poco más el sol y no se está esforzando en dejarme hecha un mojón, a crear corrientes de aire de una ventana a otra. Me recuerda a la gimnasia rítmica, con todas esas cintas de los ejercicios de grupo, unidas y cruzándose. Vientos de colores van desde el salón a mi silla, rodeándome para salir por la ventana de la cocina, a juntarse con el olor a lentejas.

Tengo que olvidar mi manía estúpida de cambiar de ropa de sueño cada noche. Nada me sienta. Si pudiera dormir en paralelo a la cama, a un metro de ella, sería perfecto. El otro día estaba en la plaza Jacinto Benavente esperando a Marta, y un niño con padres pasó junto a la estatua del barrendero saludándole. La madre, pinchaglobos donde las haya, sin apenas mirarle y con un tono de voz que era más bien un grado de tedio, le dijo que era de mentira y que se dejara de tonterías. El niño rechazaba categóricamente esa versión y le decía a gritos a su padre: "¿verdad que es de verdad? ¿verdad que lo que pasa es que se ha pintado de duro". Y el padre, que sí, que sí, vamos a por el coche, que el día se ha hecho largo. Y me quedé mirando al barrendero, metido dentro de ese caparazón duro, voluntario. Y lo de pintarse de duro me hizo gracia e incluso me dio ideas. Ahora voy por la casa rígida y blanda al mismo tiempo, abro cajones y voy tirando cosas sin pensarlo mucho. Porque si lo pienso, me salen grietas, lo tengo comprobado.