Fresquita

Lucía, clara y luminosa como esos hielos. Ayer por la tarde compartimos juntas un regalo. Y luego volvimos a hablar intenso, sincero, empapado de cosas pasadas y sobre todo de futuro. Cosas bonitas. Estar bien. Ataques de risa que se transforman en llanto. Acunar a la tierra, no tenemos la culpa, no. O un poco sí, pero qué complicado es sólo pensarlo. Que todo el mundo esté bien, estupendamente. Los colchoncitos, tú el mío y yo el tuyo. Las dicotomías de lo más absurdo y pequeño a lo más grande y crucial. Círculos de tiza que te encierran. Pena. Dónde meto mi penita. Dónde la meto. La sopa de la patata frustrada y la cebolla rabiosa, entre otras cosas. Difícil de digerir, pero al final, todo pasa. De cuándo pasamos los duros golpes, de cómo lloramos las penas, de la proyección hacia fuera y de la realidad de dentro. De lo que aún escuece. Y aquí nos curamos nosotras, sí. Dar giros con todo el cuerpo, regadas de agua. Positivas. Nos lo merecemos, Lucía, nos lo merecemos.