Puede ser, sí, que sea el momento, bah, nunca quise hacerlo así, los portazos y los discursitos. Aunque a veces tienda al teatrillo, no es mi estilo. Aquí lo tengo, con las seis revoluciones, las vueltas que ha dado, los ciclos de prelavado y centrifugado. Fugada, sí, tiene su gracia. Hace muchos meses que me estoy yendo de ciertas cosas, que me alejo con una mezcla matemática de cansancio, pereza, emoción. Y más cosas, pero paso. Realmente nada ha cambiado, o quizá todo haya cambiado, o todo siga igual y yo sea otra cosa. No me importa lo más mínimo. Sólo tengo dos o tres certezas, la de estoy aquí, la de voy para allá, pero con un margen de error muy amplio. Y esto se traduce a ir llevándolo día a día, este periodo de cambio que se hace largo, como tantas otras cosas, pero que al fin y al cabo hay que pasar. Así que quizá sea lo último o quizá lo penúltimo, no lo sé.

Lo que pasa es que a veces me asaltan las dudas y los bichejos del campo, que me pican, los muy cabrones, y me hacen preguntas y no sé, me da la sensación de que debo por alguna causa de fuerza mayor venir aquí y contarlo, discutirlo, o qué sé yo. Creo que sobre todo por ese rollo de la aprobación y la autoestima. Suele ser reafirmante y tonificante, visto de cierto modo. Al final, eso es lo de menos. Se acaban muchas cosas, o llevan acabándose desde hace tiempo, pero no soy persona que sepa cerrar puertas. Así que acumulo, y acumulo, aunque cambie el color de pelo o engorde seis kilos. Pero estoy divagando, porque realmente no sé a dónde quería llegar con toda esta palabrería. Quizá a decir, oye, que estoy bien, y que voy tirando, conmigo y sin mí. Que todo tiene muy buena pinta, desde abajo. Desde fuera. Y esto, aquí se queda, no vaya ser que al final, me haga faltica.

En mi semana andaluza han pasado todas esas cosas de siempre, o bueno, no, otras parecidas en tono y calidez, pero distintas en lo concreto. Vamos, que sí, que venía con el cuaderno repleto y no he sacado nada porque me resulta cansino. Es como si ahora me valiera con vivirlo. Y que lo vivan conmigo los que estén cerca. Piso suelos cada vez más retorcidos pero al menos veo las puertas y las ventanas. Y si pego una voz, alguien me contesta, muy rápido, qué está pasando. Ahora veo que se me tambalean las piernas del tipo columna, y los reflejos luminosos, y el saber estar. Que saltan arenillas, pero quizá sólo es del esfuerzo. Y que está bien así, porque alguien tiene que meterme caña. Alguien, por dios. Ya está bien de memeces.

Traje muchas piedras que tenían caras o que tenían agujeros. Ahora me entretengo en esmaltarlas. Las pongo en cajoncitos y las miro. No tienen otra función que la de simplemente estar. Escuché atentamente, sin exprimir simbolismos, sobre la forma de vida de los vencejos. De cómo estos pajaritos regordetes no se posan jamás en su vida. Jamás. Esto quiere decir que follan volando, que comen volando, que mueren volando. Sólo se posan para anidar, lo justo. Me pareció acojonante. Los vencejos, para dormir, suben cinco kilómetros y se dejan caer. Instintivamente saben cuándo despertar, porque están cerca del suelo. Y todas esas relaciones a las que me acostumbra mi cabeza, estaban, pero basta con que pasen unos minutos para que se esfumen. Se me da muy bien escuchar según quién me hable. Lo meto todo en una bolsita y lo aprieto fuerte. Palabras prensadas, prietas. Me lo quedo todo, todo. Y justo ahora suena una canción que dice una frase que me encanta, y busco la letra y me doy cuenta de que llevo años enterándome de un mensaje que no existía. Las barreras del idioma. Celebremos un lugar donde haya espejos en las calles. Eso pensé que decía. Al fin y al cabo, de eso va todo esto.