Grabadora de voz
Hace un año o más, estaba en racha y recordaba todo lo que pensaba (esas ideas felices que cobran genialidad a medida que se te esfuman de la cabeza), y si no, lo escribía disciplinadamente en un cuaderno que llevaba siempre conmigo. Ahora sigo llevando el cuaderno, pero he arrancado ya varias páginas para apuntar direcciones y otras muchas tienen listas de asuntos a desarrollar que seguramente permanezcan así, en columna, con su estrellita a la izquierda, sin aspiraciones ni voluntades. Desde que empezó (no sé cuándo exactamente) la racha vaga/triste en esto de las palabras, hay veces (muy pocas pero ahí están) en las que, por miedo a que se me olvide otra vez algo y luego tenga que decicarme un tiempo a maldecir mi estampa, utilizo la grabadora de voz del móvil. Hoy he oído dos grabaciones, y como siempre, mi voz, mis pausas, mi entontación (sí, he puesto esa t queriendo), me repugnan. Pero por lo demás, bien, gracias. Sigo sin fumar, después de tres meses. Y he adelgazado un poco, hay quien me lo ha notado.
En la grabación hablaba de un trayecto de autobús, durante el cual me metí de lleno, con naturalidad, en la rutina diaria de cinco o seis madres o padres con sus hijos hacia el colegio. Todo el mundo se saludaba al entrar. Algunos pasajeros sabían incluso el nombre de un crío (un tal Víctor, que debía ser el clásico niño-pieza). Una madre le explicaba a su hijo el significado de las señales de tráfico. La de dirección obligatoria, de hecho. También se encontraron allí dos compañeros de trabajo. Él, un hombre algo mayor con gafas. Ella, un rinoceronte con cara de mujer, con corte de pelo militar en gris y pantalón pirata. Al entrar, el tipo la saludó pero el resto del trayecto fueron sin hablar. Al llegar a su parada, él le dijo algo así como "cuidado que te quedas sin bajar" y ella bajó contenta. Les vi caminar juntos, con una separación de metro y medio. Luego, llegando a mi destino, había un negro alto (incluso estando sentado) en una parada de autobús, con aspecto impecable, como si se estuviera rodando una película de su vida y esa escena concreta narrara su mejor época. Está serio, pantalón caqui, zapatillas deportivas blancas, un bolso masculino sobre las rodillas. Yo estoy en la puerta del autobús, frente a él, preparada para bajarme en la próxima. Él me mira durante cinco segundos. Luego no me mira. Luego me mira durante tres segundos. Luego vuelve a dejarlo. Finalmente, tras dos o tres intervalos más de mirar y no mirar, el autobús arranca y yo me sorprendo sonriendo sutilmente, asegurándome de que él lo vea, o le parezca verlo, mientras el autobús se aleja. Soy lo peor.
Luego parece ser que me he quedado pensando, en que siempre he estado muy cómoda, con mi vida, en realidad. En que he estado cómoda cobrando poco y trabajando mucho. O cobrando menos que poco y trabajando la mitad de mucho. Viviendo con el respaldo de unos padres que a veces pienso que no merezco. Con el balcón a los pies, y el sol dándome en la cara desde muy temprano. Eso me gusta y me ha gustado siempre. Los balcones. Y me gusta mi cama. Y las cosas enmarcadas y colgadas por fin. Y el rincón de la costura. Qué sé yo. Son tres años aquí, es normal que dé vértigo pensar en cambiar de vida. No me da demasiado miedo a dónde voy. Me da pena y nervios, dejar algo que me ha costado conseguir. Por mí misma. Mi casa es mi casa. Mía. Dice mi amiga Lucía que hay que estar preparado para que venga la suerte. Y que una vez que viene a verte, tienes que ser valiente, para aceptarlo y saltar. Yo sólo espero no cagarla mucho con mi estilo libre.
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(*) Lo primero no tiene nada que ver con lo segundo, soy plenamente consciente.

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