Empatizo. Me revuelco. Me enredo en una siesta tardía, y esto de que anochezca antes no me está gustando. Porque este domingo era sábado hasta que se ha acojonado el sol. Y entonces vuelve esa sensación de pesadumbre, esa melancolía extraña, la ajena, ahora, casi siempre. Las cosas que pasan, oye. Somos frágiles, la felicidad es como un papel de fumar, muy fino, que aguanta muchas cosas (lo enrollas, lo arrugas, lo humedeces) pero que en el fondo es eso, finísimo, y puede romperse con un suspiro. Me apetece un cigarro. Y yo soy tan permeable como un agujero. Hoy estoy pensando todo eso de que la vida es puñetera, y apasionante al mismo tiempo, y nos pone arriba y abajo de manera casi aleatoria, o eso parece a veces. Y también estoy pensando lo de que la fortuna es injusta y caprichosa.

Me gustaría atar con un cordel, de los de la carne al horno, todas esas cosas que hacen felices a las personas que quiero. Para que no se escapen más. Atarlas todas, bien fuerte, con un nudo prieto de los que jamás se sueltan, a no ser que llegues a coger la tijera. Entonces me gustaría romper todas las tijeras del mundo para que todos estuvieran protegidos de cortes y arañazos. Con las cosas amarradas y guardadas con mimo. Aunque no lo parezca, en general, soy optimista. Incluso hoy, joder, que todo me parece descompasado y ruidoso. Sé que se aprende más de las desgracias y los malos tragos que de lo que se puede aprender un domingo paseando al sol. Al sol somos plantas, en la oscuridad somos animales. Es una lucha. Bah, cuánto tópico. Blablablá. Ya basta. Esto también es vivir y tiene su razón de ser, su grandeza (y tanto), su recompensa. Pero es que es una mierda que justo ahora se haga de noche tan temprano.