2:56 am
Durante las dos primeras horas me dedico a sufrir en mi carnes cómo nos meten a mí y a todos mis seres queridos en un tablero gigante de un juego de mesa a propulsión (y a proporción), que consta de las peores torturas y la mayor de las ignorancias acerca de lo que puede venir a continuación. Con los ojos tapados y toda la pesca, nos dan órdenes estrictas y nos asignan tareas imposibles. Nos castigan con separación y soledad. Todo acaba con una rubita, él y yo en mi cocina. O en la representación macabra de lo que podría ser mi cocina. Pero no me engañan, yo sé que no estoy en casa. Aprieto el botón que dispara el aerosol, tal y como me han ordenado. Huele a algo tóxico. El producto que sale por ese pequeño agujero se vuelve loco, y comienza a mutar. Tengo que dejarlo caer en el fregadero, que se llena de un líquido que no podría describir. Se convierte en borbotones. Los dos me miran con resignación, nadie tiene esperanza. Algo suena insistentemente, al final. Como una olla a presión. En uno de los fuegos, la llama amarilla gira violentamente como un disco de hockey y ni siquiera da tiempo a que alguien lance la advertencia, a que cunda el pánico, porque todo explota, los gritos se ensucian hasta que no se entiende, se rompen los tímpanos y volamos a la fuerza.
(*) Luego me costó dormirme, la verdad.

28 oct 2008 | 10:21 AM
Hacía tiempo que no pasaba por aquí, y me he quedado flipado.
28 oct 2008 | 11:30 AM
La madre de dios...
31 oct 2008 | 12:09 PM
Eso te pasa por atracarte de salsa roquefort antes de dormir. Disfruta la fruta, querida.