Tengo sueños extraños, de conciertos en los que hay que andar por la selva para acercarse al escenario. En los que Nacho Vegas me pide perdón avergonzado, porque antes me hizo un feo, y quiere compensarme. Entonces se va al backstage y hace un dibujo sobre mí y lo proyecta y dice que es todo lo que tiene, y que suba a formar parte del grupo. No había suficiente leche para el café esta mañana, he estado a punto de echarle un actimel. ¿Qué es el actimel? No es yogur, ¿no? Hoy estoy haciendo esfuerzos sobre humanos para estar lista y en marcha antes de las once. Pero faltan cuatro minutos. Anoche me volvió a pasar lo de viajar con la música. Deberíamos tener unas horas dedicadas a eso, como las tenemos para dormir o comer. Estoy deseando que pasen muchas cosas. Y temiendo que pasen otras. Por eso necesito que todo se ubique, y yo también, y dejar de mirar listas de tareas y defectos. Ya empecé a coser. Ya hice fotos con la nueva cámara. Ya escaneé la rama del árbol que tengo que añadir al dibujo aquel. Ya me hice un lío con los horarios. Ya coloreé a oscuras. Ya avancé con el libro que no se acaba (gracias a dios, estoy penando porque llegará el día en el que me lea la última página, quizá por eso voy tan lenta). Ya volví a tirar cosas al suelo por la mañana. De las que manchan el suelo, evidentemente. Ya empecé de nuevo a escribir todas las frases con la misma construcción. Y a enumerar.

Ya es lunes, otra semana que me voy a comer con patatas.

Ya han pasado ocho minutos.