Voy metiendo en cajas, y también en bolsas de todo tipo (unas más fuertes que otras) todo lo que encuentro a mi paso. Hasta los papeles más pequeños, las tabletas de ibuprofeno inglés empezadas, las horquillas sin esmalte de colores. Ya no hago purga, no hago desechos, no tiro perchas, ni folletos, ni calcetines con agujeros. Me lo llevo todo, lo sucio y roto incluso, como todos esos bolsos cogidos con imperdibles, el paquete de folios, las chinchetas usadas. Eso sí, las botas de punta afilada las dejaré para alimentar a otros. Está siendo la semana más rara del mundo. Y apenas ha llegado el martes. Sigo cosiendo todos los días un rato, y no sólo broches de tres colores. Frunciendo reveses, cerrando bolsillos. Dejando para lo último sólo lo imprescindible, y esa chaqueta que me da miedo arrugar. Dejo corretear a las pelusas que se han vuelto rastafaris, miro casi con amor la capa de polvo de la televisión. Hace tiempo cagó una paloma en la puerta del balcón y ahora me parece arte moderno. Voy metiendo en cajas, de todo tipo, todas y cada una de las sensaciones, las preguntas, los posibles. Es una mezcla potente, de sabores contradictorios. Voy guardándomelo todo, sin tirar ya nada. Respiro hondo y me voy despidiendo, todas las mañanas.