Sigo soñando ese tipo de cosas. De las que me levantan de la cama, a veces sudando incluso. Y es difícil imaginarse cómo puede una soñar que suda, estando sumergida. Ahí estaba yo, viendo desde el fondo una imagen movida y fluctuante, por el efecto del agua. Aguantaba la respiración mucho tiempo, con los mofletes hinchados, sin esfuerzo. Sabía que tenía que quedarme ahí abajo, aguantando, hasta que no hubiera nadie fuera. Que nadie me viera flaquear, ni coger aire, ni tomar impulso. Que nadie viera si estoy o no estoy, que nadie percibiera cambios en la piscina. Era importante estar escondida. Estar quieta, muy quieta. Callada como una piedra que cae al fondo aunque no pese un gramo. Ligera y fulminante al mismo tiempo. Sospechando que la superficie se puede congelar de un momento a otro, sopesando si podré romper el hielo a puñetazos, cuando ya no me quede otra. Esperando con los dedos de los pies transformados en ganchos, para no soltarme, mientras me confundo con el agua tibia. Preguntándome cuál de los dos lados es real, finalmente.