Una al día, de media. Ayer precisamente, en la clásica charla alrededor de un yogurt de limón y un descafeinado de sobre, recordé tres frases célebres que salieron de mi boquita cuando era una cría. Las típicas cosas que tu madre y hermanos recuerdan en reuniones familiares y de las que todos se ríen. Las recordé yo esta vez, y me reí haciéndolo. Me reí hasta que me di cuenta de que de pequeña tenía una capacidad de síntesis mucho mayor de la que tengo ahora. Con estas frases hablaba de la necesidad de ser aceptado, de la adicción al drama, de la falta de autoestima y la percepción errónea de la realidad. De todo eso hablaba yo de pequeña, cuando me preguntaban cualquier cosa. No con esas palabras claro. Pero ahí estaba la sabiduría. Ahora, veintitantos años después, me paso el día (y no estoy usando eso como expresión o forma de hablar, de verdad me paso el día) analizando, diseccionando, viajando de una neurona a otra, trazando líneas temporales, sopesando, frustrándome, percibiendo y apuntando... para al final tener mi revelación diaria gracias a una niña de cinco años.