Puedo odiar a una persona sin conocerla de nada, sólo porque se sienta a mi lado y curiosea lo que leo. Puedo odiar a una persona porque se queda dormida con desfachatez, invadiendo todo mi espacio, profanando el templo que es para mí viajar, llenándolo todo de codos, frentes oscuras, rodillas y chaquetones de piel.

Puedo odiar a una niña que se transforma en rata chillona inmisericorde, aunque ese odio me dura menos porque ella no debe ser consciente del infierno que genera. Odio entonces un rato a sus padres y pienso en cómo seré yo cuando alguna vez tenga hijos, si es que eso ocurre. Pienso en mí como madre, con ese peso, esa responsabilidad, ese poder. Entonces dejo de odiar tambien a los padres y subo la música para no escuchar los chirridos.

Pero sigo odiando el codo descarado, que sostiene la mano que sujeta la cabeza. Y odio esa rodilla, que se cree mi amante, con derecho a rozarse con la mía de esa manera tan familiar. Y me descubro doliéndome la mano y cansada y sin querer saber de nadie por muy respetuoso que sea.

En este preciso instante y desde que bajé de aquel avión de sillones viejos, lo pienso todo con más calma, y aunque al expresarlo pueda parecer que me trastorna, estoy tranquila. Lo pienso y lo siento todo sosegada, pero si me preguntas, muerdo.


(*) Me gustaría que quedara constancia de que esto lo escribo en un teclado donde las tildes no funcionan, de modo que después de escribir me dedico a buscar y copiarpegar vocales que sí la llevan de otros escritos para colocarlas aquí. Llámalo dedicación y entrega o llámalo estupidez y aburrimiento, como prefieras.