Así que me he sentado en un banco que nunca había visto, de los Jardines de Sabatini. De repente, esa escalera, y los jardines. El sol era preciso, colándose entre los ríos que se forman entre las hojas, o entre las palabras, como me han enseñado en clase. Ahora en clase me dedico a sacar frases de contexto que parecen mucho más profundas de lo que realmente significan en ese momento. La de hoy: todas las páginas cuentan. Y yo digo ¡oh! maravillada de tal afirmación y de cómo se alinea con todas esas ideas tremebundas que fluyen en mi cabeza. Pero a lo que iba.

Me he sentado en un banco.

He visto un cachorro de pastor alemán huir de su dueño y coquetear con una pareja de americanas que evidentemente estaban puestas de algo y se hacían fotos la una a la otra con los pies dentro de una fuente. También he visto entrar a Macaulay Culkin, en su época inocente si es que la hubo, con unas gafas enormes y un gorro tímido. He evitado su mirada a toda costa, por si acaso. Me ha parecido que iba un poco perdido. También he visto a una pareja que por sus maneras estaba en la fase de "ya nos hemos liado y nos molamos pero todavía nos damos vergüenza". Eran muy graciosos, con sus manitas en los bolsillos. Pero no nos despistemos.

Me he sentado en un banco.

Y he abierto el tomo de Sandman que actualmente devoro cada vez que tengo un rato. Pasaba que había un banquete con gente muy importante y extraña, todos con sus ínfulas, sus sobornos, sus necesidades y sus exigencias; y que al día siguiente el anfitrión tendría que tomar una decisión, por qué no decirlo así por una vez, decisiva. Pasados veinte minutos he respirado hondo, he mirado hacia los tejados que me desafiaban en frente y he bajado las escaleras causantes de todo.

Un poco más abajo se vende un edificio. Enterito. Y me he permitido una fantasía inmobiliaria y por lo tanto, surrealista, de las que tengo a veces.

Tengo que quedar más a menudo conmigo, fuera de casa.