Joven yogui, observa este silencio, observa como los sonidos te rodean, pero tú en silencio, observa el campo, las florecillas silvestres, su aroma, observa su aroma, el aroma de cualquier flor, ese aroma que te pone en contacto con un estado de paz, de calma, de silencio. Vamos a centrarnos en una palabra, esa palabra es gratitud (a lo que yo entiendo latitud). La gratitud es cuando estás triste o deprimido, y haces un ejercicio de recordar lo bien que has estado, las cosas buenas que has vivido, y entonces la gratitud surge en tu corazón de manera natural. La alegría está dentro de ti. Tu cuerpo es un regalo. Siente el silencio, y en este momento que es tuyo, observa como entre pensamiento y pensamiento, hay un hueco, como cuando el cielo está nublado y se abre un claro. Entre pensamiento y pensamiento hay luz. Gratitud, como la historia del Santo Faquir (que estaba delgado como un palo). Gratitud, como ya lo dijo Santo Tomás de... (¿Greenpeace? ¿Crispis? ¿Qué ha dicho?) Tu cuerpo es un regalo de dios y dios mora en él (¿sí? pues tengo miedo). Tómate tu tiempo, a tu ritmo. Descoyúntate y estira hasta que te duela todo, en paz, relajada, dolorosamente relajada, y no olvides inhalar y exhalar como una posesa, pequeña osita yogui.

No volví a dar una clase de yoga y perdí 20 euros de la matrícula.