Por la mañana me ducho tan tarde que ya es la hora de comer. Marta llega antes de lo esperado. Con la toalla puesta a modo de turbante pienso en cómo algo tirante condiciona los gestos. En mi caso concreto, se me levanta una ceja. Hago un boceto tonto en mi cabeza, suena el telefonillo y no me seco el pelo. Quien sea que inventó las gorras, gracias. Luego de hablar atropelladamente, de discutir si un camisón se puede sacar a la calle, de oír esas dos palabras juntas que tanto me gustan por alguna extraña razón (estas palabras son "medias tupidas", nada de sentimentalismos), ella va al autobús y yo al metro.

Un poco más tarde y recordando levemente una casa en la que viví hace unos años, llego a una plaza donde todos los presentes acabarán tarde o temprano por darse hostias con almohadas. Para eso hemos venido aquí. Mi amigo Nick Furia (sí, el mismísimo) llega tarde pero a tiempo de que le arree en toda la cara poniéndo en peligro sus gafas. No duramos ahí ni cinco minutos y nos vamos a robar guías de viaje olvidadas en una cafetería. Aunque eso no debe llamarse robar. Allí hablamos de lo de siempre, pero siempre mejor. Yo le digo que tiene las piernas larguísimas y él me repite por enésima vez que le encanta su camiseta del Hombre de Arena.

Luego voy a la compra, recordándome a mí misma por última vez que el Carrefour Exprés de Lavapiés tiene de exprés lo que yo de deportista. Yogures, ensaladas, carne muy roja, cosas para el pelo, quesos frescos, fiambre de todo tipo. Hablo por teléfono en la cola de la caja, que ya empieza a ser un clásico. Llegar a casa es cuesta abajo pero los músculos tiran y eso que se supone que las almohadas no pesan.

Veo una película con pésima calidad de imagen, una que llevaba tiempo esperándome y me parece bien. Además, conozco a la protagonista. Y el chico tiene la sonrisa floja. Es tarde para cenar pero me toca, sobre todo porque la merienda tocó a las ocho y media. Me doy cuenta de que tengo algunos radiadores funcionando para los peluches. Declino telepáticamente una propuesta social.

Pongo una sopa que no sé si me llegaré a tomar. Me repaso con la lengua los dedos despúes de pellizcar las pastillas de caldo de carne. Siempre me ha fascinado el sabor concentrado de las sopas de sobre y los avecrems. Pellizcas y suena como arenilla simpática, explotando. Todo espolvoreado torpemente, dentro y fuera de la olla. Me permito el placer de recogerlo con los dedos mojados. Me como una lata de berberechos con nombre propio, unas cuantas tajadas de lacón a la plancha y le doy un par de bocados y unos cuantos pellizcos (también aquí) al jamón. Es el primer jamón de la historia que se corta entero sin darle la vuelta. Yo no corto jamón, yo lo deshojo. Hago fallas, valles y pendientes, escalones y terraplenes, dejando a la vista lianas para la vuelta y pieles del revés. Corto con ansia y tengo las manos llenas de pequeñas rajitas que me escuecen al fregar.

Ahora debería ponerme a hacer estas cosas que tengo aquí apuntadas. Todas importantes y ordenadas. Creo que voy a dibujar a alguien con una toalla en la cabeza y cara de pocos amigos. Ya fregaré mañana.