El día 15 de noviembre nació Mateo. 3 kilos y 700 gramos. 53 centímetros de cosa bonita. Pudimos ponerle un atuendo blanco con letras azules esparcidas.

Mateo tiene los ojos chinos que le cruzan de lado a lado la cara, y a veces mira muy fijamente. A Mateo le gustan sus manos, del derecho y del revés. Tiene manos de gigante y se las come por los nudillos.

Su cabeza está coronada de pelusilla rubia y su piel es sonrosada. Orejas gorditas y nariz sobresaliente. Saca la lengua como una tortuguita somnolienta. Sus dedos de los pies son, oficialmente, los dedos más largos del mundo.

Andrea, su madre, estaba radiante y todas esas cosas cursis que se dicen de las que son madres, pero más y mejor, porque es mi hermana. Julio, el padre, separó (una a una) decenas de lonchas de jamón ibérico, y le preparó un bocadillo.

El día 15 de noviembre Mateo me miró fijamente con sus ranuras chinas y me agarró fuerte por dentro. Hoy vuelvo a verle, a ver qué tal le ha ido la semana.