Categoría: Donde digo digo
Cógeme los pies
- ¿Sabes? A veces creo que no estoy en la tierra. A ver si me explico. Hay veces, en las que mucha gente pregunta por mí, y yo apenas hablo con más de dos personas al día, y además cuando hablo no digo apenas nada... entonces me doy cuenta de que necesito que alguien me coja de los pies y me pose, para sentir la tierra, porque hay días que estoy a un metro, sin que eso signifique sentirme especialmente viva, ni voladora, ni superior...
- (...)
- Creo que alguien le ha echado algo a mi té.
- No, si creo que te entiendo. Yo este fin de semana te cojo los pies. Y te pego unas suelas de cemento.
- Gracias.
Hace un mes
- He decidido que no tengo que hacerte de niñera.
- ¿Me vas a dejar sola?
- No, tonta.
- ¿Entonces?
- Entonces es que no necesitas niñera, ni yo quiero serlo. Somos amigas y queremos pasar mucho tiempo juntas. Somos mujeronas. Nada de rescates y auxilios.
- ¿Has dicho mujeronas?
- Sí, ¿no te gusta o qué?
- Sí, claro que me gusta. Me gusta mucho.
Mis santos cojones
Pues va a ser que se acabó. Se acabó lamentarme, se acabó dejar vagar la cabeza por malos pensamientos, se acabó arrastrar los pies (bueno, un poco, al final del día, me lo permito). Se acabó. Estoy harta de ser un alma en pena, de estar todo el puto día pendiente de la tensión en el cuello, los nervios en el estómago, el presagio de lo peor, la falta de aire, el vértigo, la debilidad. Ya está. Lo que tenga que ser será. Para eso estamos. Si no sé qué hacer y realmente no puedo hacer nada, ¿para qué cojones me hago tan pequeña? ¿qué sentido tiene? ¿lo sabes? ¿no? Pues te lo digo yo: ninguno.
Voy a convertirme, ahora, en cinco minutos que tengo libres, en una super-yo, una que no llora cada diez minutos, una que no está pensando siempre cuándo le toca tomarse la próxima valeriana, una que compra una caja de tila pero tranquilamente, sin amarguras. Estoy hecha un puto flan blandengue, así que le pongo remedio. Punto. Voy a disfrutar de lo que tengo, que no es poco. Estoy escribiendo una novela y me gusta cómo va. Va bien, coño, va de puta madre. Voy a escribir, escribir y escribir, centrarme en eso, concentrarme en eso, reconcentrarme en eso. Pero sin obsesiones.
Quiero una vida calmada por dentro. Quiero dejar de ser una histérica tocapelotas. Quiero dejar de estar tan increíblemente agotada (tener menos de tres trabajos sería de gran ayuda). Quiero aprender a tumbarme boca arriba y dejar la mente en blanco. Quiero que me deje de doler la puñetera espalda. Quiero volver a estar tan pletórica como hace una semana (o así). Quiero dejar de ser una niñata pusilánime, cobardica y vulnerable (me repito, todo el día la misma canción, lo sé, lo sé). Y voy a conseguirlo, por mis santos cojones.
Ya está bien, María, leñe.
¡Coño ya!
Lucía poetísima
Lucía ha tenido la bondad de rescatar el documento aquel por mí, y regalarme sus palabras, para que haga con ellas lo que me dé la gana. Ella es todo generosidad. Aquí algunos versos, los que más me gustan. Ole miniña.
Tengo el alma rota
y olor a pescado entre los dedos
aire caliente
aire frio y fotos grisesTengo un sello a mi alcance y sin embargo
quisiera no tener que sellar nada más en la vida
los sellos son cerrojosMi corazon esta listo para salir de paseo
para caer, para rodar, para bailar al son de la música
para amar, para odiar, para serSentada en una lata
me pregunto si mi comportamiento tiene sentido
seguramente no
pero quiero aprender a conducir
Lucía, eres grande. Sobre todo porque sé a qué lata te refieres cuando te sientas. Y tal y cómo tengo los riñones yo hoy, quizás la use también para encontrar inspiración. O para ocultarme un rato. Me voy a meter dentro de la lata. Espero no clavarme los punzones.
Pitufa filósofa de pacotilla
La cita que puse esta mañana me sirve para dar coba a una amiga que me llama para confidencias, consejos e imposición de verde a terceras personas (lo normal, nada malvado). Me calzo las botas, me cuelgo la capa y voy al rescate. No voy a hablar aquí de sus problemas, voy a hablar de lo que me ha hecho pensar. Siempre me pasa que cuando alguien viene a mí con un marrón, me desenvuelvo de maravilla dando consejos, siento cátedra con mi aplastante sentido común, y todo parece cristalino, fácil, llevadero. Soy realista, práctica y optimista. Incluso parece que derrocho madurez. Pero después, llegado el punto de aplicarme todos estos dogmas, se me escapa la claridad, la eficacia y la obviedad, y me convierto en un animal embrutecido y obstinado que no sabe avanzar si no es arrasando con mi propia cabeza.
Llevo días dándole vueltas a miles de cosas, involuntariamente. Me cuesta dormirme, estoy nerviosa, me dan ganas de mandar a todo el mundo a la mierda y al minuto siguiente quiero invitarles a todos a cenar o a tres rondas de cervezas. Y esta vez no es el síndrome premenstrual. Esta vez es una de esas etapas de transición. O eso parece. Yo quiero tomármelo con calma. Sobre todo porque no sé a qué se debe, ni dónde desemboca, ni quiero tampoco hurgar en mi cabeza, porque sé cómo funciona (la cabrona). He dejado de buscar. He sacado conclusiones, hablando con mi amiga, y las repito como mantras camino a casa.
No quiero sufrir ni quiero que nadie sufra. Pero en la vida se sufre, y punto. Yo no voy a intentar evitarlo, es absurdo pelear contra eso: si tengo que sufrir y a alguien que se me arrima también le toca, sufriremos juntos. Pero de lo que sí voy a huir por todos los medios es de la gravedad. Y no me refiero a la fuerza que te mantiene en el suelo. O quizás sí, quizás también me refiera a ésa.
A medida que me he ido relacionando con gente he descubierto (no hay que ser muy listo) que las personas nos influimos unas a otras. Yo a lo que aspiro es a que la influencia sea positiva. La probabilidad de sufrir es alta, sea cual sea el tipo de relación, así que lo que intento es no perder el tiempo con gente que me haga sufrir. Y tampoco hacer yo que nadie pierda el tiempo conmigo. Quiero que todo el que esté cerca se lleve cosas buenas de mi parte, y realizar un justo intercambio. Somos egoístas y hay que ser consecuente. Yo te doy, tú me das. Pero de buen rollo.
Quiero a mi lado a gente normal. No parece mucho pedir, pero es más difícil de lo que parece. No quiero gente con misterios, ni múltiples sentidos, ni con demasiadas vueltas. Un poco de intriga está bien, pero no me vengas con chorradas. Quiero verte venir, quiero saber que mi manía de tirarme a la piscina de quien se me ponga por delante no es tan kamikaze. Quiero disfrutar de ti y que tú disfrutes de mí, todo lo que esté en nuestras manos. Pero no quiero parásitos emocionales, ni personas dañinas, ni gente que intente arrastrarme al polo negativo de la batería. Mi batería hecha humo por sí sola. Lo último que quiero es tener factores externos que aceleren el proceso de quemarla.
Así que quiero levitar, ser leve, atender, escuchar, disfrutar de lo que me toca, de los que me tocan (en todos los niveles, pero no vale ponerse soez que estoy de un profundo que ni me aguanto), comprender y que me comprendan, comunicar y que me comuniquen, y seguir andando, por donde me apetezca. Con quien me quiera acompañar. Pero cada uno en su lado del camino, que lo que me gusta es mover los brazos con soltura. Sin miedo a las hostias colaterales.
Quiero ser al fin y al cabo como esa parte que faltaba, que está llena de ángulos y aristas y quiere encajar; pero que finalmente descubre que puede tirar-levantarse-caer y empezar a rodar por sí sola. Hasta que las formas se redondean y el giro sobre el eje central se convierte en el medio de locomoción natural. Sin necesidad de nada más, que la justa y sana compañía.
He dicho.
:)
Me mandan esta cita y yo me quedo pensando un poco. Muy cierto, sí señor, todo el mundo a aplicarse el cuento.
"Yo hago lo mío y tú haces lo tuyo. No estoy en este mundo para llenar tus expectativas y no estás en este mundo para llenar las mías. Tú eres tú y yo soy yo, y si por casualidad nos encontramos, es hermoso. Si no, no hay nada que hacer".
Fritz Perls
No dice nada que no sepa, pero tampoco dice ninguna tontería, este Fritz.
Mi nombre es Julia Creek
Alguien me dedica esto y yo pienso que no hay mejor manera de empezar un lunes, una semana, un mes, un año. Empezarlo todo con una sonrisa de oreja a oreja, incesante, parpadeante, radiante y otros muchos adjetivos con la misma terminación.
En un rato, cuando consiga dejar de leer una y otra vez ese regalo, me termine el café y me duche; saldré en busca de mi identidad. No es tan difícil como parece. Dicho asi suena a tremebundo viaje espiritual. En realidad no tienes más que llevar dos fotos de carnet y el pulgar dispuesto a dejar huella.
Empieza bien el lunes. Empieza de puta madre. Y yo sólo quería decirlo bien alto. Qué alegría, joder. Qué bien sienta la conexión, la sincronización, el entendimiento, la simpatía, el querer; con un café grande y con el silencio (dentro de lo que cabe) de esta mañana.
Qué bien, joder. Dan ganas de desayunar problemas. Y al terminar con uno decir que pase el siguiente, resuelta y chula, dándoles puerta a todos y cada uno de ellos. Cuando te dicen que cítricos y lagartijas son lo mismo y lo entiendes; cuando oyes a tu piel respirar por ti, casi sin permiso; cuando vuelves a comprobar que las piscinas a las que te tiras tienen agua templada de sobra para que hagas tus largos; entonces te entran ganas de convertirte en la parte de la caja que enciende las cerillas, y gastarte a base de prenderlas. Porque nada te quema hoy.
Qué bonito todo, este lunes.


