La Coctelera

Categoría: En Vejer hay que morí

Lanzamiento vacacional

Me voy hoy mismo (y qué temprano es, cojones) a Vejer, casi todo el mes de agosto. He soñado raro y tenía punzadas en la tripa, muy agudas. No puedo estar nerviosa por volver a casa. Quizá sea toda la semana, los meses, la cabecita centrifugando, el sprint final. Quizá sea el vértigo de enseñar así algo que he hecho, cosa que siempre me inquieta. No lo sé. Quizá, y esto es lo más probable, es la incertidumbre y el comecome que viene con un cambio de etapa. Pero ya empiezo a acostumbrarme, a dar zancadas. Ya era hora, por otro lado. A la vuelta, sorpresas. Y alguna que otra cosa más que meditada. Buen mes para vosotros. No os imagináis las ganas que tengo de coger este tren.

Estoy preparada. Y sólo me queda meter la bolsa de aseo.

Te lo pido por favor

Eso me dijo mi madre ayer. Normalmente los lunes organizo mi cabeza y la semana que entra. Esta semana mi calendario sólo tiene cuatro días. Y mi cabeza está casi borrada. El viernes ya estaré pasando calor del que va en serio. Y luego arena y mar y viento y cielo y perros y adoquines y personas y el color blanco y vencejos gordos y plantas aromáticas y gatos hambrientos y atún de almadraba. Porque al final sí que me voy, a tomar el sol en tetas y dejar de tener este muestrario de camisetas sobre la piel. A separarme, más, de muchas cosas y verlas con un catalejo. Míralas, allí están. Pues no era tan grave, oiga. Y de nuevo, curativo como siempre, casi por adelantado. Cuatro días, pues, para entrar de lleno en el sol. A ver si, con suerte, entre cerveza y cerveza me cruzo conmigo y me digo cuatro cosas. Te lo pido por favor, María, bájate a Vejer conmigo, me dijo mi madre ayer. Así da gusto empezar la semana.

Ventanita

Ay, qué bien, coño.

26

Tengo una camiseta con el cuello de pico, color blanco nuclear, pegada a mi piel roja tirando a moraíto, junto a las tiras marcadas de un bikini que ahora está tendido aquí, fíjate, en Madrid, después de darse un baño no tan helado junto al cabo de Trafalgar, con el sol a media hora de esconderse y el viento desafiando a mis pezones. Le eché cojones a las olas, a pesar de todo. Ahora tengo los brazos más estirados que nunca.

Vengo con una sobredosis de buena comida (atún recién pescao, ternera retinta, presa ibérica, pollos de campo muy amarillos, arroz con piñones y pasas, tarta de queso y chocolate con mi edad en rojo bien grande), de mucha cerveza y algún tinto martinete, de tres chupitos de hierbas tres, de reírme sin parar y escuchar chirigotas de otros años, de sentirme entre los míos, los más míos, rodeada de paredes blancas que hasta pasados dos días no dejan de arañar las retinas. Y toda la ropa que ha salido de la maleta está llena de pelos finos blanquitos, de mis perros. Y el silencio que la primera noche inquietaba a la hora de dormir.

Tengo un año más y un spray para sobrevivir, entre otras cosas. La cabeza llena de bártulos y el tiempo corriendo, como viento frío de poniente y de componente sur, con ciertas lluvias y solazo a los pies. He estado cuatro días viendo amanecer a través de un balcón pisado sin zapatos de ningún tipo. He descubierto de nuevo, todo. Sólo tenía que volver a abrir los ojos y que se me llenaran de mar. Y también he recuperado el noble placer de ver un bicho, empujarlo levemente con el dedo y ver cómo se hace pelotita, cómo rueda suave hasta el borde y plop, cómo se desliza hasta el suelo. Sin muletas, ni toboganes, ni cuerdas llenas de nudos. Naturalmente.

Fantástico

El puente de San Isildur

This is the end

A lo mejor mi bikini de chica Bond tiene que esperar, pero ¿y lo bien que voy a dormir?
Nos vemos a la vuelta. Yo tendré un año más.

:)

Aquí (se queda)

Y yo me voy. Hoy. Mierdadevida. Aquí, se queda una parte grande de mí, muchas palabras, ojos y viento, sobre todo este viento, y yo, en los ojos. Las bofetadas, la violencia de las alturas, la paz de la cuesta abajo, pararme en las curvas porque no controlo, dejarme fluir, buscar fotos, tomar notas que siempre parecen insuficientes, censurarme un poco, dejarme libre, reír a carcajadas, repetir lo mismo una y otra vez, como un mantra.

Vecinos

Y los gatos, en las ventanas.

Aquí (lo que cuesta)

No puedo publicar lo que quería. Me hacen entrar en razón, que no se puede, moralmente, publicar la vida de alguien que te invita a su casa, ni su foto robada, alguien que lo lleva todo discreto, con su historia por contar, pero que no seré yo quien la cuente, me temo. La historia de una familia, de un patio y de un montón de alfombras de colores cálidos.

En lugar de eso diré que estoy bien, que voy tirando, que me queda un día y si lo pienso me subo a la azotea más alta y me tiro de cabeza. Que llevo tres días yendo a la playa y quemándome un poco, pero afianzando el moreno como buenamente puedo. Que me cuentan muchos chistes, que me siento de aquí, que las lágrimas en el mar escuecen, en la piel, lágrimas de naranja, de lima y de limón, pero que son pocas, las retengo, las censuro, que estoy de vacaciones, que voy callejeando para evitar cuestas y caminar llano, que dos o tres abañiles me han cantado soleares, que se suda de colores, que me subí a mi azotea ayer, antes de que se pusiera el sol, y cerré los ojos para dejar de pensar, y oí profundo: una moto, dos niños, tres perros, la enorme bandada de vencejos, mi viento noble y generoso. Y luego fui a casa del croata y contribuí a la pintura de una reja, hasta que se fue el sol y se acabó un disco de Ringo Star de estilo country; y luego siguió Josip con mi madre casi a oscuras y me pinté sin querer el mechón largo de negro y le di con disolvente, arriesgándome a quedarme calva. Pero aquí sigo, con mi melena de leona y mi mechón moderno y pretencioso, inamovibles.

Y también diré que ayer bajé a la playa, que paramos en la Venta Pinto y me comí un bocadillo de lomo en manteca, para meterme de lleno, con tinto de verano, con unas aceitunas tan grandes que parecían de coña, y bajamos por la cuesta de la Barca, y todo me parecía un espejismo, las curvas, el calor, las ventanas abiertas, el croata al volante, que conduce con una mano apoyada en la pierna, como quien está sentado en la puerta de su casa.´Y cómo me gusta esa costumbre, de sentarse en las puertas, y saludar al que pasa. Y yo quiero quedarme aquí, que una semana no es nada, aunque cunde, que quiero respirar esto un mes por lo menos, que tengo miedo, que no me concedo un momento, que el viento borra, el viento cura, la bofetada certera, que me vuelve la cara y me hace verlo, salvaje, avasallador, definitivo. Esta tarde, playa de los Alemanes, a guardar silencio justo hasta que abra la boca.

Como está mandao.

Aquí (sueños)

No, eso lo soñé la otra noche, era una vieja amiga, que me llamaba y me decía que estaba embarazada y que era mío, y a mí me parecía lógico, aunque no tuviera cómo hacerlo (no tengo pito hasta el momento, que yo sepa) y hubieran pasado unos diez años. El niño era mío y de repente quise que lo tuviéramos, y volvimos a vernos y nos enrollamos. Pero eso fue la otra noche. Hoy era una mezcla de lo que pasaba antes de dormir con recuerdos de colegio y canciones.

Me iba con uno de los australianos a una maratón caminada, con el más callado, el de los pantalones pitillo y camisa remangada, con esos ojos azules grandes y esa cara de pájaro, tímido. El evento deportivo era por equipos, teníamos que permanecer unidos y recoger pelotas deshinchadas de distintos colores. Él y yo íbamos contentos porque también teníamos varios de esos huevos de plástico rellenos de arroz, con los que estuvieron acompañando a las Ukeladies anoche en el bar (en la realidad, me refiero). Qué buen invento. Ya ves, huevos rellenos de arroz. Y nos perdíamos del resto y nos volvían a encontrar. Y luego me encontré con más de los de la banda de rock, con el que cantaba tan grave y tan bonito, como metido dentro de una tinaja profunda, y con el otro, al que llamamos Borat pero que a quien de verdad se parece es al tío aquel que cantaba Wicked Game y que ahora no consigo acordarme del nombre (sólo me sale Rick Ashley, pero nada que ver). Pero no estaban las rubias, ni la fauna autóctona que se reunió anoche en torno a los ukeleles, ni los solos de trompetilla, ni las palmas a descompás de Simón, ni los bailes ridículos, ni las chirigotas a altas horas, ni los pañuelos, ni las miradas cómplices de mi padre desde el fondo.

De nuevo en el sueño, el tímido y yo vimos también a una compañera de la tienda (hola Sita, si lees esto no te asustes), que tocaba el piano y la guitarra casi al mismo tiempo. Y empezó a cantar y empezó con una de Sigur Ros, y yo me la sabía, claro, porque esa canción es mía. Y tanto. Y toda la noche al final la pasé cantando, acordándome de cosas, porque mira que las canciones vienen cargadas siempre, de cosas que llenan de esbozos las sábanas. Y entonces he pasado de la maratón, del rock australiano, de las pelotas y los huevos, y he estado oyendo esas palabras tan extrañas pero tan cercanas, que me cantan y me dibujan cosas por dentro, hasta que la perra me ha despertado llorando con muchas úes, o como se diga. Así: ¡uuuuuuuuuuu!, desde el patio, con las orejitas vueltas por el levante.

Aquí (también)

Mi sombra allá lejos

Tomar conciencia, de repente. Llorar las reglas, a oscuras.
Bajo una escalera, oyendo sólo pezuñas contra cojines.
Saberlo, ahora, lo que estaba diluído en cuatro vientos revoltosos.
Mi sombra, lejos, pequeña, pero más definida que nunca.
El síndrome es el mismo; no importa la cama en la que duerma.
Joder.

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