No puedo publicar lo que quería. Me hacen entrar en razón, que no se puede, moralmente, publicar la vida de alguien que te invita a su casa, ni su foto robada, alguien que lo lleva todo discreto, con su historia por contar, pero que no seré yo quien la cuente, me temo. La historia de una familia, de un patio y de un montón de alfombras de colores cálidos.
En lugar de eso diré que estoy bien, que voy tirando, que me queda un día y si lo pienso me subo a la azotea más alta y me tiro de cabeza. Que llevo tres días yendo a la playa y quemándome un poco, pero afianzando el moreno como buenamente puedo. Que me cuentan muchos chistes, que me siento de aquí, que las lágrimas en el mar escuecen, en la piel, lágrimas de naranja, de lima y de limón, pero que son pocas, las retengo, las censuro, que estoy de vacaciones, que voy callejeando para evitar cuestas y caminar llano, que dos o tres abañiles me han cantado soleares, que se suda de colores, que me subí a mi azotea ayer, antes de que se pusiera el sol, y cerré los ojos para dejar de pensar, y oí profundo: una moto, dos niños, tres perros, la enorme bandada de vencejos, mi viento noble y generoso. Y luego fui a casa del croata y contribuí a la pintura de una reja, hasta que se fue el sol y se acabó un disco de Ringo Star de estilo country; y luego siguió Josip con mi madre casi a oscuras y me pinté sin querer el mechón largo de negro y le di con disolvente, arriesgándome a quedarme calva. Pero aquí sigo, con mi melena de leona y mi mechón moderno y pretencioso, inamovibles.
Y también diré que ayer bajé a la playa, que paramos en la Venta Pinto y me comí un bocadillo de lomo en manteca, para meterme de lleno, con tinto de verano, con unas aceitunas tan grandes que parecían de coña, y bajamos por la cuesta de la Barca, y todo me parecía un espejismo, las curvas, el calor, las ventanas abiertas, el croata al volante, que conduce con una mano apoyada en la pierna, como quien está sentado en la puerta de su casa.´Y cómo me gusta esa costumbre, de sentarse en las puertas, y saludar al que pasa. Y yo quiero quedarme aquí, que una semana no es nada, aunque cunde, que quiero respirar esto un mes por lo menos, que tengo miedo, que no me concedo un momento, que el viento borra, el viento cura, la bofetada certera, que me vuelve la cara y me hace verlo, salvaje, avasallador, definitivo. Esta tarde, playa de los Alemanes, a guardar silencio justo hasta que abra la boca.
Como está mandao.