Se me había dormido un brazo y lo levanté en perpendicular. Siempre que elijo esas sábanas se me duerme un brazo. Estando con el brazo levantado y moviéndolo como si bailara sevillanas para despertarlo, bajó volando una especie de canario negro. Se movía torpemente porque le dolían las alas, me contó luego. A veces caía porque dejaba de agitarlas. Parecía estar hecho de papel maché. Se posó en mis dedos tomándome por una rama de árbol. Me contó que antes era del color del chicle, que pertenecía a una princesa y que se le había olvidado volar. No sabía cómo había llegado a esa situación. Pasé la yema de mi dedo índice por encima de su cabeza y el negro se fue como papel quemado. Grandes lascas frágiles y grises, dispersándose en el aire. Quedó al descubierto un color fucsia vibrante. El pájaro me guiñó un ojo. Estaba lleno de sabiduría. Le prometí que le ayudaría a recordar y que poco a poco le iría limpiando, para que pudiera volver con su dueña la princesa, por sí solo.
Categoría: Ficciones (o no)
Estábamos encerrados en esa especie de estación de tren, donde había aulas. Éramos el único contacto con el exterior. La gente dependía de nosotros. Había un balcón al que podíamos asomarnos y dirigirnos a ellos. Todos estaban ahí abajo, en la plaza, esperando noticias. Tuvimos que reinventar el sistema educativo. Queríamos traer a gente interesante para dar alguna charla a los niños. Necesitábamos personas que sirvieran de inspiración. Uno del grupo consiguió a Britney Spears. Yo levanté una ceja. Britney escribió su nombre en la pizarra, soltó un gritito y exigió cobrar su caché de eventos. Yo levanté una ceja. La ciudad estaba destrozada y ella venía con su chándal plateado a pedir dinero. Le llené una caja de zapatos de lápices de colores roídos, le dije que eran antigüedades y que cada pieza valía 150 dólares. Se fue contenta. A mi compañero le eché una bronca por la pérdida de tiempo.
Cogí el helicóptero y viajé durante días hacia Bombay. Quería traer un testimonio del lugar donde empezó todo. Un niño era el encargado de la educación allí. Ocupaba mi puesto. Me llevó a la playa y sumergidos hasta las rodillas en un agua realmente salada, me dijo que lo que él hacía a diario era recoger piedras del fondo. Todo se aprende de las piedras, me dijo. Empecé a rascar la arena. Había muchas cosas además de piedras. Cógelo todo, me dijo. Eso es lo bueno de esto, me dijo. Al salir, coloqué todo lo que había conseguido en una toalla. De entre las piedras salió una cabeza reducida de gran danés. Grité aterrorizada. El niño se reía con la boca muy grande, y sus dientes eran un engranaje soberbio.
Cuando volví me dieron la noticia. El dictador había muerto y yo tenía que salir ahí a contárselo al mundo. Todos estaban preocupados por cómo se lo tomaría el pueblo. Yo salí y les incité a dar saltos. Era increíble verlo desde arriba: una alfombra humana que se movía sincronizada y que parecía la superficie de un mar revuelto y en calma, al mismo tiempo.
Alfombra roja
Había tanta gente, todos con tantas ganas, tanta expectación, que pusieron más butacas, de hecho la sala se estiró a lo largo y siguieron metiendo gente. De estar en primera fila pasé a estar en la fila 32. Fui al baño, me encerré allí para recomponerme porque había algo que me sobrepasaba. Mi amiga de toda la vida me animaba a través de una puerta. Mientras empezaba la proyección, pusieron otros vídeos y cosas así. A la película, antes de que nadie la viera, le habían dado un premio. Uno que hacía de conductor del evento, iba pasando el cheque de tamaño desproporcionado entre los miembros del equipo de la peli, para que dijeran unas palabras. Yo estaba sentada cerca del director y de su novia. Me pasaron el cartón gigante. Apenas podía cogerlo yo sola.
"Antes que nada quiero disculparme porque todo lo relacionado con esta película me pone muy emocional. Es una tara que tengo".
Risas. Alguien preguntó por el premio.
"Bueno, aquí pone que hemos ganado 3 millones de euros y un poco más. Para mí esta película tiene un valor incalculable. Miro esta cifra y no me dice nada, aunque me alegro mucho de que nos lo hayan dado".
Risas. Era un público complaciente. Yo quería dejar de ser el centro de atención. Miraba entre la gente y los focos me impedían ver a quien quería ver.
"Nada en mi vida me ha hecho sentir más orgullosa, jamás. Nunca".
Silencio. Empecé a llorar, para variar. Alguien dijo algo inapropiado.
Me despierto con la sensación horrible de estar perdiéndomelo todo. Y al mismo tiempo pensando que es posible, esto, y lo que venga.
Piscinas
Sigo soñando ese tipo de cosas. De las que me levantan de la cama, a veces sudando incluso. Y es difícil imaginarse cómo puede una soñar que suda, estando sumergida. Ahí estaba yo, viendo desde el fondo una imagen movida y fluctuante, por el efecto del agua. Aguantaba la respiración mucho tiempo, con los mofletes hinchados, sin esfuerzo. Sabía que tenía que quedarme ahí abajo, aguantando, hasta que no hubiera nadie fuera. Que nadie me viera flaquear, ni coger aire, ni tomar impulso. Que nadie viera si estoy o no estoy, que nadie percibiera cambios en la piscina. Era importante estar escondida. Estar quieta, muy quieta. Callada como una piedra que cae al fondo aunque no pese un gramo. Ligera y fulminante al mismo tiempo. Sospechando que la superficie se puede congelar de un momento a otro, sopesando si podré romper el hielo a puñetazos, cuando ya no me quede otra. Esperando con los dedos de los pies transformados en ganchos, para no soltarme, mientras me confundo con el agua tibia. Preguntándome cuál de los dos lados es real, finalmente.
Notas Previas:
Ante todo, respire profundamente varias veces. Cuando note que le va entrar la risa, resérvela.
Ingredientes:
Líquido rociador (o rocinante, según presupuesto), modalidad tontería.
Hormiga exploradora, con sus complementos.
Espatulilla fina (del calibre 0.2 o inferior).
Percepción estúpida.
Goma de borrar.
Primer Paso:
Una vez sembrada la hormiga exploradora, con todos sus aparatejos, válvulas y mordazas, en una superficie de tierra bien porosa, rocíese generosamente con una gruesa capa de tontería, de tal modo que al final, bicho y fondo sean, a simple vista, una masa sólida y opaca, como de ceras blandas. Para obtener un resultado estéticamente satisfactorio se recomienda elegir cuidadosamente, esto es, con mimo, los colores del rociado.
Segundo Paso:
Con la espatulilla fina y haciendo un ruido que esté a caballo entre lo musical y lo cómico (algo que rasque ligeramente los oídos, que previamente ha debido colocar en el interior de sus orejas), dibuje sosegadamente formas curvas y huidizas, que se alejen de la simetría, procurando solapar unas con otras. Esto puede provocar (o no) un efecto, al ojo casi imperceptible pero aquí es dónde sacaremos de su estuche la percepción estúpida, de borrado particular, perpendicular y lenticular de las horas intensas, las sensaciones confusas y las oraciones complejas.
Tercer Paso (opcional):
Si los pasos anteriores no dan resultado, se recomiendan dos alternativas:
a) Con la goma de borrar, rascar la parte frontal de la cabeza problemática hasta dejarla sólo con lo básico, esto es, lo mínimo para respirar y no ahogarse, comer y no atragantarse, o responder con educación si alguien se dirige a usted.
b) Palpando el propio cráneo, encontrar el botón de apagado (*), pulsarlo entonces repetidas veces (hasta diez veces seguidas, en clave de fa) o una sola vez de manera prolongada (justo hasta que las falangetas se nos doblen hacia atrás y nos resulte incómodo).
(*) Si realmente encuentra usted este botón (que sabemos que existe), le rogamos se ponga en contacto con nosotros y adjunte croquis. De jamón, a ser posible.
Turno de ruegos y preguntas.
...
La noche del calamar
Listo para la inmersión, el buzo se mete en la cápsula especial, mirando por el ojo de buey, a solas con sus pensamientos. Le rodean millones de calamares adultos, que se estrellan contra su cubierta y rebotan. Pequeños jets de propulsión, a velocidades extremas. Es la noche del calamar. Una reunión imprevista, con el mismo número de hembras que de machos, dispuestos a pasar horas disfrutando de una orgía por todo lo alto. Bailan, dejando flotar su tinta como fantasmas diáfanos, para confundir a sus depredadores. Los proyectores y focos de las cámaras submarinas deberían hacerles huir, pero ocurre justo lo contrario.
Los calamares han venido desde muy lejos para cumplir una única misión, la de engendrar vida. Son criaturas de otro mundo, de un mundo que existió hace doscientos millones de años. Se cuelan en las hélices, en los motores, y con tan sólo una docena de cuerpos blandos pueden detener un barco de más de dos mil kilos. Los calamares bailan obsesionados, en una fiesta de éxtasis, violencia y agonía. Se caracterizan por su amor delirante, siendo la poligamia y los encuentros a tres, algo más que habitual.
Durante los frenéticos movimientos de acoplamiento, en el colmo de la excitación, los calamares cambian de color, tornándose rojizos y marrones, con vetas que les recorren todo el saco. Incluso llegan a emitir luz, una luz frenética. Después del apareamiento, las hembras dejan sus vainas llenas de huevos atadas a las algas del fondo. Se dejan ir, sin fuerza. Los machos sólo interrumpen el sexo y los embistes para devorar a sus mujeres. Al día siguiente, lo único que se puede ver en el fondo del mar es una alfombra blanquecina de cadáveres exhaustos.
El primer gesto de un calamar recién nacido es soltar una nube de tinta. Al nacer miden tan sólo tres milímetros, pero en cuanto salen del huevo nadan con maestría. Tienen un instinto ciego, irresistible. Se concentran en una ridícula danza infantil, repetida miles de veces, como preludio de un nuevo intento de conquista masiva de los mares.
La mujer gato
Se está muriendo. Lo sé por la expresión de sus ojos amarillos. Las líneas atigradas de su pelo ya no se tuercen como locas. Mantiene la boca pequeña, aguja e hilo, fruncida como de enfado. Se apoya con aire resignado, si es que el aire se resigna alguna vez; y nos mira grande, muy grande. Nos mira desde su amarillo grande, océanos de témpera seca, que ya no sueltan una gota. Nos mira a todos porque puede, está por encima. Sus dedos se alargan tanto que parecen garras. Se mueve sigilosa, sin cambiar de posición, pero se le nota en el cruzar de brazos.Quieta, podría decirse que al acecho, agarrándose al suelo con sus pies planos.
La línea que une dos puntos
Es como cuando hay mucha gente, y vamos todos de la mano, para no perdernos. Si se suelta uno, olvídate. No veo, aunque sé que está justo ahí, aunque sé que no ha podido irse muy lejos. Porque somos tan sólo una masa de gente que hace lo mismo, al mismo tiempo. Todos mirando al mismo punto. Estoy tocando el aire, que tampoco se ve, el aire que no pesa. Lo muerdo incluso, para creérmelo. Me trago la distancia y tiene un sabor un poco ácido, un sabor insignificante. Me diluyo en la multitud, tantos codos, tantas cabezas. Me disgrego, sin moverme. Ellos tampoco pueden verme ya. Una vez fui una máquina. He perdido facultades. Se me olvida que siempre hay que fijar un punto de encuentro, para estos casos.

