Me voy hoy mismo (y qué temprano es, cojones) a Vejer, casi todo el mes de agosto. He soñado raro y tenía punzadas en la tripa, muy agudas. No puedo estar nerviosa por volver a casa. Quizá sea toda la semana, los meses, la cabecita centrifugando, el sprint final. Quizá sea el vértigo de enseñar así algo que he hecho, cosa que siempre me inquieta. No lo sé. Quizá, y esto es lo más probable, es la incertidumbre y el comecome que viene con un cambio de etapa. Pero ya empiezo a acostumbrarme, a dar zancadas. Ya era hora, por otro lado. A la vuelta, sorpresas. Y alguna que otra cosa más que meditada. Buen mes para vosotros. No os imagináis las ganas que tengo de coger este tren.
Estoy preparada. Y sólo me queda meter la bolsa de aseo.

Pues sí, me he cortado pero bien, esta vez, con el cuchillo del jamón. Intentaba despegar una viruta larga que salía de un hueco inalcanzable y el cuchillo ha salido disparado (menos mal que no tenía la cara cerca, como cuando miro muy dentro del hueso a ver qué pasa) y me ha cortado en perpendicular la punta del índice izquierdo, y su correspondiente uña. Ha sangrado mucho así que lo he mantenido bajo el agua helada un rato y luego he hecho torniquete con una tirita gigante de las que te cortas tú mismo. Y luego por el huequito de arriba he hecho piscinita de betadine. La tirita se ha empapado, sí, pero la herida al menos ha dejado de sangrar. He apoyado entonces el dedo sin darme cuenta sobre el cuaderno, y he dejado una mancha cobriza de yodo. Entonces he dicho, venga va, esto hay que hacerlo. Y he hecho unas pinturas rupestres en el cuaderno hasta que ya no quedaba más tinta en mi pincel humano titiritero. Algo así:

(*) y creo que cuando me vaya de este lugar esconderé debajo de una tabla del suelo, o de una piedra de la calle, estos dibujos, para que pasados muchos, muchos años, alguien los encuentre y así pueda entender mejor la civilización de nuestros días.

Empieza una nueva etapa. Por fin, esta vez va en serio. Empieza la etapa de sacarlo TODO, con una mujer de ojos pequeños y pequeñas gafas, sentada delante. Hay mucho que sacar, primero, como quien hace un agujero en la tierra. Hacer montones. Comprender la arena. Quitar las malas hierbas y cortar de raíz algunos troncos demasiado grandes, demasiado muertos. Luego podré plantar, lo que quiera. Con la tierra abundante y bien oxigenada. Una palmera, una sola margarita, un arbusto frondoso, un ciprés. Por otro lado sigo perdiendo kilos y centímetros, de todas partes menos de donde lo necesito. Hoy más que nunca, he empezado a trabajar. Recopilar semillas posibles, hacer purga, tapar agujeros que no sé ni cuándo hice, hasta que todo quede verde y armonioso, como un jardín estilo Luis XVI, pero con un mapita bien majo, para no perderme otra vez.

Se me había dormido un brazo y lo levanté en perpendicular. Siempre que elijo esas sábanas se me duerme un brazo. Estando con el brazo levantado y moviéndolo como si bailara sevillanas para despertarlo, bajó volando una especie de canario negro. Se movía torpemente porque le dolían las alas, me contó luego. A veces caía porque dejaba de agitarlas. Parecía estar hecho de papel maché. Se posó en mis dedos tomándome por una rama de árbol. Me contó que antes era del color del chicle, que pertenecía a una princesa y que se le había olvidado volar. No sabía cómo había llegado a esa situación. Pasé la yema de mi dedo índice por encima de su cabeza y el negro se fue como papel quemado. Grandes lascas frágiles y grises, dispersándose en el aire. Quedó al descubierto un color fucsia vibrante. El pájaro me guiñó un ojo. Estaba lleno de sabiduría. Le prometí que le ayudaría a recordar y que poco a poco le iría limpiando, para que pudiera volver con su dueña la princesa, por sí solo.

Estoy un poco cansada (y asustada quizá) de tanto sobrevolar el interior de las cosas. Me doy cuenta, de golpe, aunque es un golpe en pequeños pasos, de lo que soy, de lo que espero, de que algo me impide. Tengo trabajo por delante, de romper barreras, destrozar frases hechas, dejar la censura. Aceptación, crecimiento, catalejos. Mirar más lejos, con los ojos de cerca. Quitar las máscaras (el negro oculta, el blanco deja ver), y eso que va y viene a la superficie, dejarlo fuera, porque es real, tangible y de gran valor. Aprovecharme de mí misma, porque tengo de dónde escoger si te fijas. Estirar mi sombra hasta volverla casi transparente, hacerla liviana. Hacer más cómplices, pisar el suelo. Dejar que el frío entre sin miedo. Siempre digo que soy un libro abierto. Llevo mucho tiempo mintiendo.
(*) Este post viene con banda sonora y (más) letras.