La Coctelera

Categoría: Lady Chronos

Cese de negocio

Ya iba siendo hora, en realidad. Por mucho que me cueste de repente, ordenar las lentejitas de mi cerebro (tenía una profesora, cuando era muy pequeña que me explicaba así lo que teníamos en la cabeza: millones de lentejas con palabras dentro, que se mojaban y se inflaban como globitos marrones), llamarlas a cada una por su nombre, escoger la más bonita y lanzarla al espacio. Así es como yo lo veo. Y lo más curioso es que cuando lo cuento, cuando digo "mira lo que ha pasado", la reacción más común es la de preguntarme qué voy a hacer ahora. Y lo que he estado preguntándome durante meses soterradamente (la real academia de la lengua española no reconoce esta palabra, ustedes disculpen si me la invento), de pronto tengo que preguntármelo con urgencia y a viva voz. Qué cojones quiero hacer con mi vida. Qué me gusta. A qué quiero dedicarme. Podría parecer obvio, pero por lo visto, no tengo ni idea. Ni la más remota. Pero en realidad, todo es para bien. Seguro. Por poca respuesta que encuentre en las legumbres, lo que está del todo claro es que ya venía siendo hora de dejar de ser dependienta. Y volviendo a casa, el dolor de espalda, los quince días sin librar, las cuatro horas de pie, los orientales obsesionados por Dolce & Gabbana, la caja cuando no cuadra, los chalecos del uniforme; todo se me vuelve raro y pienso que sí, que se puede ir todo a tomar por culo, que yo me voy a otra parte, la mar de contenta, aunque sería más fácil si tuviera un mapa detallado, con un círculo en rotulador, marcando mi objetivo. Y la gente, la que se ha ido haciendo hueco, seguro que se queda. Mañana veré si me dejan llevarme algún mueble.

Cosas que hacer en domingo

Y entonces...

Te quiero. Te odio. Me has dejado un tigre en el corazón que no puede irse. Te amo. Adios, mi amor.

Oído en un cd de la tienda, apuntado en un papelito blanco, resguardada en mi ángulo muerto.

Franjas horarias

Al mismo tiempo una de las chicas del puesto de manicura petarda viene a ver relojes con ojos nerviosos y un móvil en la mano con una música distorsionada por el mismísimo Satán, con lo que a mí me jode que se mezclen los estímulos sonoros. Casi chasqueo la lengua como quien dice mecagoenlaleche pero me contengo. Es pequeña, vestida de blanco, parece un gnomo enfermero. No compra nada, simplemente se aburre. Como yo. Como cada dependienta de este centro comercial. Luego viene el mensajero a recoger paquetes y yo no tengo nada que darle, debe haber sido un error, dice que no pasa nada y yo que siento el viaje en balda, no en balde, porque hoy no sé ni hablar. Paso el trapo por los relojes (los chorrocientos) pero lo hago rápido y con desgana, no porque sea un trabajo tortuoso (es una soberana gilipollez, como tantas otras cosas) sino porque el tacto del trapito es granulado y calentorro, y le da grima a mis padrastros, como si tocara algo que raspa electrónicamente, sobre todo cuando pasa por encima de un reloj forrado en caucho super moderno que parece estar inspirado en la yema de un huevo (frito). Luego veo los nuevos, no están puestos en hora y ya tengo entretenimiento. Algunos no están nada mal, de bonitos digo, pero no me los compraría por nada del mundo. Y hoy no pienso tirar la basura.

En Serrano, ojalá fuera jamón

Pues esta mañana curro en la tienda, en la que nos vió crecer a Lucía y a mí, hasta las dos de la tarde. Se supone que luego comía en un autobús y me iba al otro curro. Me vine atrezada para ir al gran estreno de Los Persas (ole mi hermano guapo y talentoso) esta tarde-noche pero resulta que no voy a la ofi, porque (en mi lugar) va la señora de la limpieza (debe ser una gran mujer) y nos echa de allí (¿?), o al menos eso ponía el mensaje que me acaba de llegar al móvil. Así que aquí estoy, aburrida como una mona, completando un test sobre cine infinito que me ofrece el facebook (me obligaron a apuntarme, yo no quería), fallando obviedades (no sólo en el test), oyendo el mismo disco de siempre (this is what you are...), pasando de todo lo justo y más mona que ninguna otra dependienta, con mi camisa turquesa. Vuelta a los orígenes, se llama esto, aunque no lo parezca. Por el turquesa, el shalalalalaiiiiia, el olor a centro comercial, el puñado de tentaciones y la cabeza al vapor. Qué cosas, ahora me divierte mi sentido de la prudencia (de repente me ha nacido uno de ésos, qué extraño) y las peleas de Sí vs. No, conmigo misma. Y muevo los pies, porque esta canción me obliga.

¡Mamáaaaaa!

He declarado este día como el Día Mundial de las Broncas. Deseadme suerte porque esta tarde rodarán cabezas. Se nos caerá el pelo. Nos gritarán y acusarán (con bastante razón, todo sea dicho). Y luego, para cerebrarlo (y si todo va bien y no he muerto defendiéndome), me tomaré una caña (o varias, sí, mejor varias) con Lucía.

Ay.

Dios nos coja confesados.

Coloretes

—¡Mira! Va a empezar la semana.
—Pero si empezó ayer, ayer fue lunes.
—Bah, lunes, lunes. Empieza hoy.

Aunque ayer fue un buen día. Al final, sí que sí. Tengo nuevos deberes, tengo nuevas ganas. Le grabé un vídeo a Lucía mientras se maquillaba, con la tienda a medio cerrar. Cada vez que lo veo me río a carcajadas. Es tremenda. Dice cosas como "el colorete te da la vida" y se parte de risa. Repasa la tarde que hemos tenido, de mucho hablar, de apoyo mutuo, de lágrimas fáciles que se convierten en risas tontas. Luego nos fuimos andando hasta Cibeles, hablando del amor, de acompañarse, del paseillo de la vida, de lo bonito que está todo. Nos aplicamos varios consejos de guerra, nos dimos collejas la una a la otra y elucubramos cómo hacer para ir el jueves al estreno de la obra de su chico. Hoy le voy a llevar un vestido precioso, que yo ya no me pongo, para dejárselo por tiempo indefinido si le queda bien. Y seguro que le queda bien. Tiene su nombre el vestido. Luego por la noche me mandó un mail, que estaba bebiendo una copa de vino sin cenar, que no había nadie en casa y que aprovechaba para mandarme fotos. Yo hice lo propio pero se jodieron los envíos. Mis fotos son muy pesadas. Le pedí permiso para publicar alguna. Son de otro día, quizás de nuestro primer día juntas, la semana pasada. Ella poniéndose más guapa de lo que es y yo haciendo el tonto (tontísima) cuando fui a recoger el disfraz de SuperMario. Las fotos son de su cámara, la compró de segunda mano y mola un montón.

Mírala, si es que te dan ganas de pegarle gritos de lo guapa que es.

Rogamos no hagan demasiados comentarios hirientes. Lo que tengo en el brazo es pintura, verde, re-verde.

Y hoy de nuevo, la suerte de tenerla cerca. Y a trabajar. Y a hacer caminitos de palabras en la cabeza. A respirar mejor como si me hubiera dado unos vapores, de aquellos que me hacía respirar mi madre cuando era pequeña y estaba congestionada. Metías la cabeza debajo de una toalla y ponías la nariz dentro de una cacerola que te llenaba de vapores intensos hasta la última idea recóndita. No me gustaba. Pero los vapores de agua que utilizo ahora son otros. Son intensos también, pero no me provocan claustrofobia. Hoy va a ser un buen día. Tengo mucho que escribir.

¡Buenos días!

Gran Vía

Me he tirado toda la mañana (y sigo) colgando fotos en flickr. La carpetita de Lucía cada vez está más gorda y más guapa. Ayer hablamos de andar hasta que llega la calma, de que las cosas son así, de que no está mal tener miedo a veces, de los pensamientos malos y las hormigas, de que todos tenemos hormigas, incluso ella. Le hice un dibujito de ella sentada en el taburete, con un interrogante por cabeza. Porque está en ascuas. Porque se siente frágil, insegura. Porque la entiendo tremendamente bien.

Haciendo amigos

Y aunque algunas tardes se convierten en viajes introspectivos de los que te lo ponen todo feo, luego salimos a la superficie, andamos cuesta abajo (y no cuesta), evitamos escaleras (que sí cuestan), nos elevamos en las mecánicas, le hago fotos como si fuera una famosa en la alfombra amarilla, sudamos, nos quejamos del calor, de que estamos pegajosas. Nos despedimos en Plaza de España y nos vamos cada una por nuestro lado. A resolver incógnitas, o al menos, a intentarlo.

Trabalenguas

Lucía salió anoche y tiene resaca. "Estoy acabada", dice. Guarda silencio, bebe un sorbo grande de té verde y suspira. Le hago fotos sentada en el taburete. Está terminantemente prohibido sentarse en el taburete, o beber té, o comer tarta de limón (que es lo que me ha traído ella hoy de merienda).

- Debería haber un término acuñado para decir lo contrario.
- Lo contrario a qué.
- A "estoy acabada". Debería poder decir también "estoy empezada".
- Claro, cuando estés contenta, fresca como una rosa, con ganas, algo así.
- Es que no hay ninguna expresión parecida a la de acabada.
- Pues no, no hay una que explique lo contrario.
- Pues hala, ya la hay.

Y decidimos acuñarlo. Estamos empezadas, ella y yo. Me dice que quiere cambiar el rollo y dejar de decir que está acabada, que eso sí que se acabó. Y se queda tan ancha. Tan empezada.

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