La Coctelera

Categoría: Me cago en todo

Agujeros

Empatizo. Me revuelco. Me enredo en una siesta tardía, y esto de que anochezca antes no me está gustando. Porque este domingo era sábado hasta que se ha acojonado el sol. Y entonces vuelve esa sensación de pesadumbre, esa melancolía extraña, la ajena, ahora, casi siempre. Las cosas que pasan, oye. Somos frágiles, la felicidad es como un papel de fumar, muy fino, que aguanta muchas cosas (lo enrollas, lo arrugas, lo humedeces) pero que en el fondo es eso, finísimo, y puede romperse con un suspiro. Me apetece un cigarro. Y yo soy tan permeable como un agujero. Hoy estoy pensando todo eso de que la vida es puñetera, y apasionante al mismo tiempo, y nos pone arriba y abajo de manera casi aleatoria, o eso parece a veces. Y también estoy pensando lo de que la fortuna es injusta y caprichosa.

Me gustaría atar con un cordel, de los de la carne al horno, todas esas cosas que hacen felices a las personas que quiero. Para que no se escapen más. Atarlas todas, bien fuerte, con un nudo prieto de los que jamás se sueltan, a no ser que llegues a coger la tijera. Entonces me gustaría romper todas las tijeras del mundo para que todos estuvieran protegidos de cortes y arañazos. Con las cosas amarradas y guardadas con mimo. Aunque no lo parezca, en general, soy optimista. Incluso hoy, joder, que todo me parece descompasado y ruidoso. Sé que se aprende más de las desgracias y los malos tragos que de lo que se puede aprender un domingo paseando al sol. Al sol somos plantas, en la oscuridad somos animales. Es una lucha. Bah, cuánto tópico. Blablablá. Ya basta. Esto también es vivir y tiene su razón de ser, su grandeza (y tanto), su recompensa. Pero es que es una mierda que justo ahora se haga de noche tan temprano.

Soy yo

Si alguno de vosotros sentía curiosidad por saber quién era la persona más estúpida sobre la tierra a día de hoy, no busquéis más. Soy yo. Soy la única persona capaz de salir a la calle con 40 grados, esperar 50 turnos en la estación de Atocha para cambiar un billete, llegar a la taquilla después de una hora y decidir que no quiero el billete, para después; andando a la velocidad del rayo y hablando por teléfono (que es lo que hago cuando me cabreo, ir a toda hostia y llamar a alguien para cagarme en mi estampa); darme cuenta de que en realidad sí que lo quería; el puto, muy puto billete; y darme cuenta entonces, para mayor aceleramiento y volumen de mi voz, de que mañana mismo tendré que hacer exactamente la misma cola durante aproximadamente el mismo tiempo.

Pero mañana seré un poco menos estúpida, casi con total seguridad.

How it ends

De alguna manera, hoy me siento así. Sin atender a la letra ni hostias. Esta es la música que llevo dentro, hoy. Será la cuesta de enero, las cosas que quiero, las que no llegan, lo que me falta o la regla que está al caer. Será por las variables estúpidas. Los factores, las cuentas, los días. Tengo el puchero en pausa, esperando para explotar. Por eso me voy a dedicar al fieltro, esta noche. Y que me den mucho por culo, que mañana será otro día.

Hold your grandmother's Bible to your breast.
Gonna put it to the test.
You want it to be blessed.
And in your heart,
You know it to be true,
You know what you gotta do.
They all depend on you.
And you already know.
Yeah, you already know how this will end.

There is no escape,
From the slave-catchers' songs.
For all of the loved ones gone.
Forever's not so long.
And in your soul,
They poked a million holes.
But you never lettem show.
C'mon it's time to go.

And
You
Already know.
Yeah, you already know
How this will end.

Now you've seen his face.
And you know that there's a place,
In the sun,
For all that you've done,
For you and your children.
No longer shall you need.
You always wanted to believe,
Just ask and you'll receive,
Beyond your wildest dreams.

And
You
Already know.
Yeah, you already know
How this will end.

You already know (You already know)
You already know (you already know)
You already love will end.

Algunos trucos para (sobre)vivir en Siberia

Esta es una guía para personas con poca suerte y/o poca pasta, que carecen de calefacción central y se valen de un radiador de aceite y un calentador de aire bajito, para empezar un miércoles cualquiera por la mañana, en el más crudo invierno (o lo peor, en el principio del más crudo, lo cual quiere decir que esto va a más y a peor, señores), o para volver a casa tras un largo día de pluriempleo; y no morir congelados en su propio recibidor. Enumeraremos los consejos prácticos y truquillos de supervivencia con un orden completamente aleatorio, porque así soy yo.

1.- Al llegar a casa, no creas que te has salvado de la cara uniexpresión con la que vienes andando por la calle con este frío helador, no señora. Lo primero, con el abrigo aún puesto, es encender el radiador a la máxima potencia, en el lugar en el que vayas a pasar las horas siguientes. En mi caso, mi habitación, porque es lo que antes se calienta y porque si quiero escribir chorradas como ésta, es donde me corresponde estar.

2.- Si necesitas ir al baño, procura que sea un número de veces infierior a dos, como mucho, antes de acostarte. Más que nada porque no hay cuerpo que resista salir al pasillo más de dos veces al día. Para ello, puedes aprovechar tu lugar de trabajo o el último bar en el que has estado tomándote una caña para así llegar a casa meada y (los que no tengan pudor) cagada.

3.- Lo mismo pasa con la cocina. Si puedes llegar a casa cenada (si vas de cañas es un punto a favor, siempre que vayas a bares simpáticos en los que las tapas no sean sólo almendras o aceitunas, aunque yo podría alimentarme sólo de aceitunas todo el invierno, si nos ponemos tontos), tanto mejor. En el caso de tener que cocinar (tarde o temprano esto acaba pasando), pasamos al siguiente punto. Minipunto para la tarea de fregar los platos, que además de resultarme relajante (sí, tengo ciertas excentricidades, qué pasa), te calienta las manitas para un rato.

4.- Para operaciones de alto riesgo, esto es, de expedición al gélido exterior, recomendamos hacer acopio de todas las capas cebolliles en forma de prenda que puedas encontrar. En mi caso, la última capa de la cebolla es una gran rebeca verde con flecos que bien pudo ser un teleñeco en otra vida, amarrado a la cintura con cualquier cosa que encuentre (es una rebeca muy bonita, pero sin botones ni hostias). El resultado no es precisamente el cúlmen del glamour, claro. De hecho, me parezco bastante a un ayudante de Santa Claus, una especie de elfo tiritón. Cuantas más capas, mejor, y cuanto más te parezcas a una bola de lana rellena de algodón, más cerca estarás de comprender a lo que me refiero. Las camisetas por dentro de las braguitas, los calcetines por fuera de los pantalones y cuantas combinaciones antilujuria se te ocurran. Ni que decir tiene que cuando salgas a la calle con todas esas capas (procura colocar las capas en orden más estético previamente) y entres en el metro (esa pequeña sucursal del infierno en la tierra) para ir a tu lugar de trabajo o a donde quiera que vayas, te cagarás en mis muertos y tendrás que ir quitándote una a una todas las capas o sufrir un baño en tus propios sudores dentro del abrigo, a modo de monosauna gratuita.

5.- El radiador es tu mejor amigo. Aunque pagues millones en electricidad, ése es un mal menor, créeme. Lleva tu radiador a todas partes, tirando del cable a modo de correa, como si fuera un perrito. Apoya los pies (cubiertos en varios calcetines) sobre él mientras ves una peli. Coloca allí toda la ropa que vas a ponerte mientras te duchas, sujetador y bragas fundamentalmente, así como calcetines. Y no temas a los vaqueros calcinados, porque te salvarán el culo de la muerte más ridícula (ya saben, la muerte por congelación de culo, de toda la vida, vamos). Todo esto nos va llevando irremediablemente al peor momento del día: la ducha mañanera (y no me digan que me duche por la noche porque lo mismo da que da lo mismo).

6.- La ducha. Ay. Procuraremos evitar perder lo que nos queda de dignidad, intentando por todos los medios no gimotear mientras nos quitamos el pijama (y el teleñeco, y los cuatro pares de calcetines). Nos repetiremos a modo de mantra cualquier cosa que sirva para consolarnos (no hay dolor, no hay dolor). En mi caso, esta mañana, una buena amiga me ha dicho (creo que no lo decía totalmente en serio) que el frío es sanísimo, que me pondrá la piel tersa y que en primavera seré la envidia de todos. Esto, posiblemente, no sea cierto, y de todas formas no es lo que se dice suficiente, pero hay que agarrarse a lo que sea. También ha alabado mis pezones, muy maja ella. Encenderemos, antes de todo el radiador de aire caliente a los pies, y quizá (en casos extremos) abriremos el grifo de agua caliente (todo lo caliente que se pueda a riesgo de quemarnos los pies al entrar en la ducha) y dejaremos que el baño se llene de vaho, y que todo parezca una representación onírica y fantástica en la que no hay sufrimiento. Luego, bajo el chorro de agua caliente todo es felicidad, pero hay que ser fuerte para enjabonar el cuerpo de una, porque el gel, hagas lo que hagas, te pongas como te pongas, está frío de cojones. A la mierda el aroma de té verde o la colorterapia: el gel es una putada, y punto.

Y hasta aquí, de momento, todo lo que se me ocurre mientras estoy renderizando millones de frames. En próximas entregas, la práctica guía para sobrevivir al horno que es mi casa en julio, con sólo un ventilador, sin acabar el verano hecha un charquito en el suelo.

Y ahora, voy a comerme un donut, por valiente y pobrecita de mí.

Brrra.

¡Grrrrrrr!

El día empezaba mal pero a pesar de las señales, yo no quería darme cuenta. Me meto en la ducha y no sale agua caliente. Me mojo contando hasta tres, no hay dolor, pero sí que hay, cojones, que me estoy helando. No me achanto, hoy he decidido tener un día simpático. Cojo un taxi a la oficina, esta vez no por tristeza y dejadez, sino por pereza y prisa, que llego tarde. Mala excusa, lo sé. El taxista es guapo pero me hace sentir incómoda. Hablo con mi madre mientras subimos mi calle. Esa calle se hace en 15 segundos. Hablo con mi madre durante más de cinco minutos y allí seguimos, para que cuando por fin avanzamos, a la vuelta de la esquina, de nuevo paramos, y avanzamos, y paramos, y Madrid tiene estas cosas que te hacen preguntarte si habrá pasado algo grave, no sé, un accidente, una manifestación, unas obras de nuevo, pero no, no hay motivo aparente, simplemente es el caos, tal cual y porque sí. Pero no me achanta tampoco, el atasco. Hoy he decidido estar contenta. Aunque me sienta un poco estúpida vestida de verde, por muy bien que me siente.

Y llego y me voy a comprar un par de dvds vírgenes que necesito, antes de subir a la oficina, y voy a una papelería porque no encuentro la tienda que sé que anda por ahí, de la que me han hablado. Me cobran más de tres euros por cada uno y sonrío a la dependienta intentando disimular la cara de idiota que se me queda cuando me roban impunemente. A mediodía, gracias a dios, tengo un remanso de paz y buen rollo comiendo en un vegetariano con un vegetal amigo mío. Eso me hace coger impulso y decir que sí, que es un día simpático, a pesar del tráfico y de los ladrones de ahorrillos. Decido darle la vuelta a todo, o al menos a lo que sea posible.

Y el trayecto en metro que en otro momento podría ser el infierno para mí, se hace agradable. Voy sentada, tranquila, oyendo música y leyendo. Lo que antes era "me he tirado una puta hora en el puto metro" ahora es "me ha dado tiempo a oír un disco entero y a leerme un par de relatos completos, que me han gustado mucho". Subo a casa, pensando en hacer una lista de la compra bien bonita, llena de cosas sanas y saludables. Con propósito de cuidarme yo, de cocinar con amor para mí. Compruebo el agua. El termo eléctrico sencillamente ha dejado de respirar. Empiezo a gruñir, a gimotear un poco, a hablar sola y a cagarme en satán y sus secuaces. Llamo a un servicio de reparaciones. Me habla del precio aproximado y no resulta alentador precisamente, aunque la chica es muy simpática y empatiza conmigo y casi me acaba diciendo "hala, hala, ya pasó". Me quedo sin ir a por la comida sana porque (oh, qué suerte tengo, qué afortunada debería sentirme) han conseguido que un técnico venga en una hora a socorrerme, cuando parecía imposible.

Y hablo con mi madre mientras saco casi todo el dinero que me queda en la cuenta y me dice que no hay problema, que lo del termo es una tontería y que no me ofusque. Que no me ponga así por dinero, que no es el dinero. Y la verdad es que tiene razón, pero lo cierto es que estoy hasta las pelotas.

(me he quedado mucho más tranquila, ahora sí)

Solidaridad (dedicado a)

Me cago en la leche, y en la madre que parió a la gente estúpida, desagradecida, estirada, caprichosa, ingorante, soberbia, argh, odio a la gente soberbia, a los que se creen que están por encima de todo, a los que disponen de los demás sólo porque pueden, a los que hacen el gilipollas con las vidas de los demás, a los que no ven una mierda de lo que tienen delante. Y por principios, debería solidarizarme, pero para colmo de mierdas, no me lo puedo permitir. Me pregunto qué puedo hacer, qué coño puedo decir ahora, cuando es algo que es así, algo que te enseña, una vez más, que el mundo está lleno de hijos de puta, que no puedes fiarte de la suerte, ni de la no suerte, que lo bueno no depende de ti muchas veces, que a veces, por mucho empeño, ganas y talento que tengas, se va todo a la mierda. Pero no todo. No. Me niego. Aún quedan cosas. Te lo prometo. Aún quedan cosas que sí están en tu mano. Grita, patalea, gruñe, gruñe mucho. Yo desde que gruño estoy mejor. Grrr. Saca las garras y gruñe y luego, cuando te calmes, toma perspectiva y sigue caminando, siempre. Siempre, joder. Aunque estés lleno de rabia.

¡Coño ya!

Once de la mañana

Ya no montan fiestas nocturnas entre semana. Ahora tienen discoteca after hours revival. Desde las ocho de la mañana, sábados y domingos (quedan todos invitados, entrada gratuita, sin copas gratis porque se beben hasta el agua de los floreros). Eligen justo las dos mañanas en las que puedo dormir más. Hacen un recorrido por el tecno de los más tiernos noventa. Pasan de vez en cuando por los one-hit-wonders del pop rock de los cuarenta principales (de la época de Quique Sanfrancisco y los pósters chillones del Superpop). El punto álgido viene con Eros Ramazotti y aquel otro italiano. Luego se gritan un par de cosas de habitación a habitación. Yo les grito mentalmente desde que empieza el espectáculo. Y son sólo las once de la mañana.

Marejada

Me meto y me comprometo a cosas que luego no me apetece hacer o que (más bien) no me siento capaz. Y aquí estoy, instalando programas y luchando contra discos rayados, a ver si puedo salvar algo y dedicar todo mi tiempo libre de aquí al miércoles a hacer un vídeo. No me siento capaz, pero ya es tarde. Ahí vamos. Contra viento y marea. Mis propias mareas. Mi propio viento revoltoso. Los lunes, es lo que tienen, que me hacen pensar que no puedo con nada.

Jo.

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