La Coctelera

Categoría: No me hagais caso

Meteorología

Llueve sin parar. Como yo. Dentro de casa no me mojo. Pero el ruido es una pesadilla. Y hace frío. Y pienso en las facturas. Me prometen devoluciones, a dos meses vista. Llueve sin parar y el cielo, de tan gris, es púrpura. Como yo. Cierro un sobre adhesivo. Apunto citas. No sé. Pongo un disco raro. Uruguayo. Así no oigo la lluvia. Mi amigo a rayas me manda una canción. Tiene esa atmósfera acorde. Es mágico cuando eso pasa. No hay que huir de los estados de ánimo. Hay que acompañarlos con música. Es una versión de una canción de amor. El ritmo cae despacio como la lluvia. Llevo una semana sin ir a nadar. Me ha llamado mi madre para preguntarme qué tal voy con las tormentas. Dice que allí están que no pueden más. Su casa en Vejer es húmeda. Le digo que estoy harta de este invierno. En mi cabeza se traduce esa frase. Ahora suenan muchos más instrumentos en la canción y es precioso. Todavía me quedan algunos complementos dietéticos. Iré a pesarme mañana. Va bien, lo de la dieta. Pero tengo que volver a reconocerme.

[No sé si alguien puede ver que aquí arriba hay un vídeo. Youtube lleva unos días más tonto que yo]

Fobia a las extremidades

Puedo odiar a una persona sin conocerla de nada, sólo porque se sienta a mi lado y curiosea lo que leo. Puedo odiar a una persona porque se queda dormida con desfachatez, invadiendo todo mi espacio, profanando el templo que es para mí viajar, llenándolo todo de codos, frentes oscuras, rodillas y chaquetones de piel.

Puedo odiar a una niña que se transforma en rata chillona inmisericorde, aunque ese odio me dura menos porque ella no debe ser consciente del infierno que genera. Odio entonces un rato a sus padres y pienso en cómo seré yo cuando alguna vez tenga hijos, si es que eso ocurre. Pienso en mí como madre, con ese peso, esa responsabilidad, ese poder. Entonces dejo de odiar tambien a los padres y subo la música para no escuchar los chirridos.

Pero sigo odiando el codo descarado, que sostiene la mano que sujeta la cabeza. Y odio esa rodilla, que se cree mi amante, con derecho a rozarse con la mía de esa manera tan familiar. Y me descubro doliéndome la mano y cansada y sin querer saber de nadie por muy respetuoso que sea.

En este preciso instante y desde que bajé de aquel avión de sillones viejos, lo pienso todo con más calma, y aunque al expresarlo pueda parecer que me trastorna, estoy tranquila. Lo pienso y lo siento todo sosegada, pero si me preguntas, muerdo.


(*) Me gustaría que quedara constancia de que esto lo escribo en un teclado donde las tildes no funcionan, de modo que después de escribir me dedico a buscar y copiarpegar vocales que sí la llevan de otros escritos para colocarlas aquí. Llámalo dedicación y entrega o llámalo estupidez y aburrimiento, como prefieras.

Sistemas educativos en tiempos de escasez

Estábamos encerrados en esa especie de estación de tren, donde había aulas. Éramos el único contacto con el exterior. La gente dependía de nosotros. Había un balcón al que podíamos asomarnos y dirigirnos a ellos. Todos estaban ahí abajo, en la plaza, esperando noticias. Tuvimos que reinventar el sistema educativo. Queríamos traer a gente interesante para dar alguna charla a los niños. Necesitábamos personas que sirvieran de inspiración. Uno del grupo consiguió a Britney Spears. Yo levanté una ceja. Britney escribió su nombre en la pizarra, soltó un gritito y exigió cobrar su caché de eventos. Yo levanté una ceja. La ciudad estaba destrozada y ella venía con su chándal plateado a pedir dinero. Le llené una caja de zapatos de lápices de colores roídos, le dije que eran antigüedades y que cada pieza valía 150 dólares. Se fue contenta. A mi compañero le eché una bronca por la pérdida de tiempo.

Cogí el helicóptero y viajé durante días hacia Bombay. Quería traer un testimonio del lugar donde empezó todo. Un niño era el encargado de la educación allí. Ocupaba mi puesto. Me llevó a la playa y sumergidos hasta las rodillas en un agua realmente salada, me dijo que lo que él hacía a diario era recoger piedras del fondo. Todo se aprende de las piedras, me dijo. Empecé a rascar la arena. Había muchas cosas además de piedras. Cógelo todo, me dijo. Eso es lo bueno de esto, me dijo. Al salir, coloqué todo lo que había conseguido en una toalla. De entre las piedras salió una cabeza reducida de gran danés. Grité aterrorizada. El niño se reía con la boca muy grande, y sus dientes eran un engranaje soberbio.

Cuando volví me dieron la noticia. El dictador había muerto y yo tenía que salir ahí a contárselo al mundo. Todos estaban preocupados por cómo se lo tomaría el pueblo. Yo salí y les incité a dar saltos. Era increíble verlo desde arriba: una alfombra humana que se movía sincronizada y que parecía la superficie de un mar revuelto y en calma, al mismo tiempo.

Alfombra roja

Había tanta gente, todos con tantas ganas, tanta expectación, que pusieron más butacas, de hecho la sala se estiró a lo largo y siguieron metiendo gente. De estar en primera fila pasé a estar en la fila 32. Fui al baño, me encerré allí para recomponerme porque había algo que me sobrepasaba. Mi amiga de toda la vida me animaba a través de una puerta. Mientras empezaba la proyección, pusieron otros vídeos y cosas así. A la película, antes de que nadie la viera, le habían dado un premio. Uno que hacía de conductor del evento, iba pasando el cheque de tamaño desproporcionado entre los miembros del equipo de la peli, para que dijeran unas palabras. Yo estaba sentada cerca del director y de su novia. Me pasaron el cartón gigante. Apenas podía cogerlo yo sola.

"Antes que nada quiero disculparme porque todo lo relacionado con esta película me pone muy emocional. Es una tara que tengo".

Risas. Alguien preguntó por el premio.

"Bueno, aquí pone que hemos ganado 3 millones de euros y un poco más. Para mí esta película tiene un valor incalculable. Miro esta cifra y no me dice nada, aunque me alegro mucho de que nos lo hayan dado".

Risas. Era un público complaciente. Yo quería dejar de ser el centro de atención. Miraba entre la gente y los focos me impedían ver a quien quería ver.

"Nada en mi vida me ha hecho sentir más orgullosa, jamás. Nunca".

Silencio. Empecé a llorar, para variar. Alguien dijo algo inapropiado.

Me despierto con la sensación horrible de estar perdiéndomelo todo. Y al mismo tiempo pensando que es posible, esto, y lo que venga.

Piscinas

Sigo soñando ese tipo de cosas. De las que me levantan de la cama, a veces sudando incluso. Y es difícil imaginarse cómo puede una soñar que suda, estando sumergida. Ahí estaba yo, viendo desde el fondo una imagen movida y fluctuante, por el efecto del agua. Aguantaba la respiración mucho tiempo, con los mofletes hinchados, sin esfuerzo. Sabía que tenía que quedarme ahí abajo, aguantando, hasta que no hubiera nadie fuera. Que nadie me viera flaquear, ni coger aire, ni tomar impulso. Que nadie viera si estoy o no estoy, que nadie percibiera cambios en la piscina. Era importante estar escondida. Estar quieta, muy quieta. Callada como una piedra que cae al fondo aunque no pese un gramo. Ligera y fulminante al mismo tiempo. Sospechando que la superficie se puede congelar de un momento a otro, sopesando si podré romper el hielo a puñetazos, cuando ya no me quede otra. Esperando con los dedos de los pies transformados en ganchos, para no soltarme, mientras me confundo con el agua tibia. Preguntándome cuál de los dos lados es real, finalmente.

Intrucciones básicas para el exterminio del pensamiento caracola

Notas Previas:

Ante todo, respire profundamente varias veces. Cuando note que le va entrar la risa, resérvela.

Ingredientes:

Líquido rociador (o rocinante, según presupuesto), modalidad tontería.
Hormiga exploradora, con sus complementos.
Espatulilla fina (del calibre 0.2 o inferior).
Percepción estúpida.
Goma de borrar.

Primer Paso:

Una vez sembrada la hormiga exploradora, con todos sus aparatejos, válvulas y mordazas, en una superficie de tierra bien porosa, rocíese generosamente con una gruesa capa de tontería, de tal modo que al final, bicho y fondo sean, a simple vista, una masa sólida y opaca, como de ceras blandas. Para obtener un resultado estéticamente satisfactorio se recomienda elegir cuidadosamente, esto es, con mimo, los colores del rociado.

Segundo Paso:

Con la espatulilla fina y haciendo un ruido que esté a caballo entre lo musical y lo cómico (algo que rasque ligeramente los oídos, que previamente ha debido colocar en el interior de sus orejas), dibuje sosegadamente formas curvas y huidizas, que se alejen de la simetría, procurando solapar unas con otras. Esto puede provocar (o no) un efecto, al ojo casi imperceptible pero aquí es dónde sacaremos de su estuche la percepción estúpida, de borrado particular, perpendicular y lenticular de las horas intensas, las sensaciones confusas y las oraciones complejas.

Tercer Paso (opcional):

Si los pasos anteriores no dan resultado, se recomiendan dos alternativas:

a) Con la goma de borrar, rascar la parte frontal de la cabeza problemática hasta dejarla sólo con lo básico, esto es, lo mínimo para respirar y no ahogarse, comer y no atragantarse, o responder con educación si alguien se dirige a usted.

b) Palpando el propio cráneo, encontrar el botón de apagado (*), pulsarlo entonces repetidas veces (hasta diez veces seguidas, en clave de fa) o una sola vez de manera prolongada (justo hasta que las falangetas se nos doblen hacia atrás y nos resulte incómodo).

(*) Si realmente encuentra usted este botón (que sabemos que existe), le rogamos se ponga en contacto con nosotros y adjunte croquis. De jamón, a ser posible.

Turno de ruegos y preguntas.

...

Cada vez (tres puntos sin relación aparente)

1.- Me dice mi madre por teléfono que últimamente cuando me llama siempre estoy cabreada. Le digo que siempre que hablamos por teléfono hablamos del piso. En realidad hay algunas cosas más. Se ríe. Le digo que ha ganado Obama, para trivializar. En realidad todo va bien. Necesito que pase un mes. Que pasen dos, incluso. Encajarlo todo. Ya he hablado de esto antes. Quizá justo antes, de hecho. Ahora viene una chica a ver mi casa. Me entran ganas de maldecirla o empezar a tirarme pedos. Pero ella no tiene la culpa de que mi casera sea una zorra sin escrúpulos. Además he vivido tres años en este piso. Me gusta por muchas razones, aunque me voy con muchas ganas. Me gusta la luz de esta casa, por la mañana. Pero ya está.

2.- Ayer tuve un viaje al centro de mí misma, que fue bastante revelador. Lo veo ahora como cuando en los dibujos animados alguien entra en el túnel del tiempo o en las pelis de coña alguien se toma un tripi. El clásico efecto psicodélico de rayas y la personita cayendo. Y cantidad de cosas pasando por su lado. Un reloj de cuco, una vaca, cosas así. Volví andando a casa. 45 minutos. Creo que lo haré todos los días, a no ser que haga mucho frío. Me ayuda a pensar. También es verdad que tuve que llamar a Lucía para que me diera el empujón, pero luego fui como la seda. Comprendí muchas cosas. Es curioso lo difícil que puede ser sentarse a esperar. Sentarse y que alguien venga a chasquearte los dedos junto en frente de los ojos. Voilá. Ahí lo tienes, la solución, la respuesta, el espejo. Esto es lo que ha sido siempre. Esto es lo que haces, tú. Me da sueño este diván fabricado con restos. Hay que levantarse y echar a correr.

3.- He redescubierto (una vez más, sin tenerlos realmente olvidados) un par de discos o tres. Y estoy investigando nuevos. A veces me da vértigo pensar en la de cosas que no conozco aún. Definitvamente prefiero hablar de música. Es algo increíblemente poderoso. Y eso que últimamente no escucho casi nada, ni siquiera en el metro. Es raro. Mi cabeza no me deja escuchar, nada más que lo que ella tenga que decir. Pero voy a forzarme a escuchar otras cosas, de nuevo. Y tengo que encontrar de nuevo la feminidad, así, tal cual, que últimamente tengo el mismo aspecto que un gnomo alto. Quizá imite a Lucía y utilice los lápices acuarelables para pintar en otras superficies.

Y eso es todo lo que puedo ofrecer, ahora mismo, esta mañana.

Espaguetis de consolación

Cuando tengo un día extraño, de ésos que por más que lo intento no dejan de torcerse, y en realidad lo peor es que sabes que todo está igual de bien que el día anterior, sólo que te sientes plenamente insatisfecha con cada cosa, como con cada uno de los trayectos del día; desde ir al baño hasta ir a dar clase. Vamos, que todo te molesta, porque no hace suficiente frío ni suficiente calor, porque esa señora impertinente te da una pequeña lección en el autobús y dice frases como "ya te llegará a ti también, bonita". Literal. Pues cuando tengo un día de ésos, irremediables, aunque tenga ciertos alivios al alcance de una llamada o similar, parece que una (en este caso, yo) se empeña en ponérselo difícil. Soy humana, me gusta sufrir. Y a pesar de que podría dar una vuelta al salir del curso para despejarme e intentar obviar que ya es de noche; y además es una de esas noches que cansan nada más verlas, de cerrada y de cervicales mezcladas con riñones; pues voy y hago lo contrario. Esos días, cuando me vuelvo arrastrando los pies, miro la cocina y ella me devuelve el gesto y entonces ya sé lo que tengo que hacer. Aunque no hayan dado ni las ocho de la tarde.

ESPAGUETIS DE CONSOLACIÓN
dificultad: ninguna - número de personas: regimiento - tiempo de preparación: na y menos

Ingredientes:

Cualquier tipo de pasta, aunque sean fideos, y lo que vayas viendo por ahí que no esté caducado.

Preparación:

1. Se cuecen un número indeterminado de espaguetis, muchos más de los que nadie de mi tamaño debería comer, y menos por la noche.

2. Se bañan en salsa roquefort.

3. Se espolvorean pipas peladas.

4. A medida que se va vaciando el plato, se repiten los pasos de la piscina de roquefort (2) y las pipas (3), a gusto del consumidor.

5. Se chupa el plato, si la guarrada lo merece.

6. Después de llenar el buche, se procederá a un poco más de automartirio, pero ya con otro cuerpo.

Y más tarde, si tiene usted la suerte de encontrar un huevo kinder olvidado en el bolso que usó la noche del sábado, tiene premio. Puede comerse el chocolate, montar el juguetito de tres piezas (en este caso concreto una mezcla entre cocodrilo y armadillo navideño), y sentir que ha hecho algo de provecho. Se acostará entonces un poco más tranquila, aunque le duelan las rodillas, las vértebras y el subconsciente.

Y dicho esto, respirar hondo y estirar las piernas.

[an error occurred while processing the directive]