La Coctelera

Categoría: Rescatando del pasado

Una vez fue a clase de Yoga y esto fue lo que pasó

Joven yogui, observa este silencio, observa como los sonidos te rodean, pero tú en silencio, observa el campo, las florecillas silvestres, su aroma, observa su aroma, el aroma de cualquier flor, ese aroma que te pone en contacto con un estado de paz, de calma, de silencio. Vamos a centrarnos en una palabra, esa palabra es gratitud (a lo que yo entiendo latitud). La gratitud es cuando estás triste o deprimido, y haces un ejercicio de recordar lo bien que has estado, las cosas buenas que has vivido, y entonces la gratitud surge en tu corazón de manera natural. La alegría está dentro de ti. Tu cuerpo es un regalo. Siente el silencio, y en este momento que es tuyo, observa como entre pensamiento y pensamiento, hay un hueco, como cuando el cielo está nublado y se abre un claro. Entre pensamiento y pensamiento hay luz. Gratitud, como la historia del Santo Faquir (que estaba delgado como un palo). Gratitud, como ya lo dijo Santo Tomás de... (¿Greenpeace? ¿Crispis? ¿Qué ha dicho?) Tu cuerpo es un regalo de dios y dios mora en él (¿sí? pues tengo miedo). Tómate tu tiempo, a tu ritmo. Descoyúntate y estira hasta que te duela todo, en paz, relajada, dolorosamente relajada, y no olvides inhalar y exhalar como una posesa, pequeña osita yogui.

No volví a dar una clase de yoga y perdí 20 euros de la matrícula.

Y de postre, flan de vainilla

Pues no ha mejorado mucho, respecto al día de ayer. Que haya amanecido gris y que haga tanto frío no acompaña. He gastado más dinero, más del que debo, más del que tengo incluso. Es sólo tres de enero y ya no tengo un duro. Puto dinero. Tengo niños envueltos para comer. Eso es bueno. Mi hermano me dice que ha empezado el año con desgana. Que el 2007 ha sido tan bueno para él que cree que el que empieza será peor, sin duda. Pienso en mi 2007. Ha habido muchas cosas buenas. He vivido intensamente. A lo burro. También he sufrido. Y he descubierto cosas. Y me he leído un poco, entre líneas, y en los luminosos parpadeantes. He firmado contratos irrompibles. He roto alguno. Me he cansado. Mucho. He aprendido, de todo. He empezado a escribir en serio. Eso ha sido muy grande. He escrito más que nunca. He cocinado y devorado palabras. Me he preguntado y me he respondido mil veces. Me he levantado, me he tirado a la piscina, me he vuelto casi loca. He amado, con mayúsculas. He perdido. Casi me pierdo, incluso. He tocado fondo. He rebotado como una pelota de goma. Boing. He sido feliz. Unas veces más que otras. He mirado a los ojos. Unas veces más que otras. He callado. Y mucho, aunque no lo parezca. Incluso ahora, todavía. He hablado otros idiomas. He corrido demasiado. He hecho daño. He plantado y cultivado berenjenas. He dibujado en papeles cuadrados. He comido mal y he comido bien. He recibido. He conocido a personas que ahora son fundamentales. Me he reído. He bailado. He tenido toneladas de música, para fuera y para dentro. He estado, a veces, donde quería estar. Me he agotado a todos los niveles. Dice mi hermano que mi año por estrenar irá siempre para arriba. Y también dice que me va a comprar una grabadora de dvd. Yo sólo quiero que lo que tenga que llegar, llegue. En silencio, a poder ser. También quiero dejar de sentirme indeterminada.

Tres pollas, tres

Siempre le digo a mi hermana que menos mal que nos repartimos las agresiones callejeras. Ella se queda con todos los tirones de bolso (arrastramiento de su persona por la calle incluido, pobrecita mía) y yo me quedo con todos los exhibicionistas. Qué majos. Te enseñan la polla sin que tú se lo pidas. Alegremente. Con simpatía. Qué majos, ya digo. Y ahora leyendo esto, he pensado que ya es hora de ponerlo en común, claro que sí.

Podría empezar por el primero, claro. Estoy en el colegio, un colegio de monjas, por fin nos dejan salir a comer a la calle, y nos gusta pasear por el barrio, comprar chucherías, fumar un cigarrillo tras otro en el parque y reírnos por todo. Cuando ya queda poco para entrar a clase de nuevo, mis amigas y yo nos sentamos enfrente del colegio, apoyando las espaldas en la fachada del edificio de Telefónica. Nos bajamos los calcetines del uniforme y nos subimos las mangas de la camisa. Nos abrimos los botones y nos subimos todo lo posible (dentro de un nivel aceptable de decencia y decoro, que éramos de colegio católico y apostólico, claro) esa falda de cuadros (en realidad era un pichi, siempre me gustó que fuera un pichi, aunque daba mucho calor) y tomamos el sol. En realidad comprendo que la estampa no es muy decente ni decorosa, pero estábamos en el recreo y el barrio era nuestro. No teníamos pudor ninguno. Entonces para una moto, conducida por alguien con casco y una chaqueta tipo bomber (¿se llamaban así no?) de las que parecen un globo desinflado. Nos pregunta algo. Yo estoy más cerca y me levanto a ver qué quiere. Me pregunta por la calle "Vírgen de nosequé". El barrio está lleno de calles que se llaman así, de modo que tengo que hacer esfuerzo para ubicarla. Cuando voy a consultar a mis amigas, poseída por mi espíritu de callejero y guía turístico todo en uno, no queda ni un calcetín como muestra de que una vez estuvieron allí. Vuelvo a mirar al tío y veo a través de su casco cómo sus ojos sonríen, cómo se descojonan, mejor dicho. Bajo casualmente la vista y ahí está, la chaqueta por encima del cinturón, dejando ver una polla morcillona con muy poco encanto, asomando por la cremallera como si fuera una pequeña trompa rosa deprimida y ahogada. Qué penurria de polla, por dios. Le digo algo así como "que te den por culo" y me voy. Mis amigas estan al doblar la esquina, dobladas también todas ellas, pero de la risa. Yo también me río. Realmente no me traumatizó, me resultó simplemente patético. Lo curioso es que este episodio se me olvidó totalmente, hasta que llegaron los otros.

Ay.

El segundo fue algo más serio. Yo trabajaba los fines de semana como recepcionista en un hotel que mi padre dirigía en el barrio de Santa Cruz, en Sevilla. Era domingo y entraba a las ocho. Como siempre, iba temprano. En armonía con una ciudad que se despertaba vacía, silenciosa, iba caminando con el discman a cuestas, oyendo música a través de los pajarillos y sonriendo a los camareros del bar de las columnas, que abrían para el primer café y el primer carajillo. Sevilla está preciosa a las siete y media de la mañana. Subo Mateos Gago contenta, ya te digo, levitando, deslizándome tranquila, torciendo arriba en Mesón del Moro, pasando por el restaurante San Marco que tan buenos raviolis me ha dado, llegando a mi destino. En la esquina, un tipo en bici se detiene y se baja, me quito los cascos porque evidentemente quiere algo (pedirme la hora, preguntarme por la calle "Vírgen de noséqué", darme los buenos días, eso pensé, infeliz de mí). Cuando le veo, cuando realmente le veo, es un hombre rubio, con la cara muy roja (de la emoción, claro) que sólo y exclusivamente lleva unas zapatillas de deporte (con sus calcetines, creo recordar) y un polo verde (o azul, o verde y azul, no me acuerdo, es imposible). Polla en su mano. Casca que te casca. Cuando voy a salir corriendo me acorrala contra la pared y me coge una teta como quien arranca una manzana de una rama baja. Me frota violentamente. Me acuerdo de la camiseta que llevaba yo, perfectamente, era negra, de Zara, como de licra, y recuerdo perfectamente cómo rozaba a través de su mano. Le empujo como puedo, me zafo, y corro como jamás he corrido en mi vida (yo corro poco, lento y mal, pero entonces era la viva imagen de Forrest Gump). Hijo de puta. Ni siquiera un "hola buenos días, quiero presentarte a una amiga" o un "te invito a un café y me hago una paja". Cabrón. Llego sin respiración, hecha un mar de lágrimas, al hotel. Consigo calmarme para contarlo y al rato viene mi padre (sobre su caballo, claro, mi padre es John Wayne) para que yo me vaya a poner la denuncia. Las camareras del hotel me dicen "ay, sí, ése siempre anda por aquí por las mañanas" como quien ve todos los días al lechero (mal ejemplo, lo sé). Ninguna le había denunciado, pero yo estoy indignada y traumatizada. Voy a la comisaría del Patio de los Naranjos. Me siento frente a un policía con bigote que tiene un ordenador (pero me gusta pensar que era una máquina de escribir). Le cuento. Él va diciendo en alto lo que escribe en la denuncia. La conversación es como sigue.

—...entonces va el tío y me agarra una teta.
—...la denunciante dice que en ese momento, le acarició un seno.
—No, verá, si me hubiera acariciado un seno, sería otra cosa. Le digo que me agarró una teta.
—... le tocó un pecho.
—¡Me agarró una teta!

No había manera. El policía estaba rojo de vergüenza y yo acabé resignándome con eso de tocar un pecho. Estuve mucho tiempo sin saber andar sola a ciertas horas por la calle, mi madre madrugaba conmigo los domingos para acompañarme al hotel. Poco a poco fui olvidándome, o superándolo, exceptuando aquella vez que un viejo meaba entre dos coches mirando hacia la acera y yo pasé por delante y sólo vi una polla sacudiéndose y de repente me convertí en un punto diminuto en el horizonte. La amiga que iba conmigo todavía se descojona. Éste fue el más grave, realmente. Le cogí miedo a la gente, un poco, y veía pollas hostiles por todas partes. Al cabo de algunos meses me llamaron para una rueda de reconocimiento, bueno no, no sé si se llama así, estuve viendo fotos y retratos robot de un montón de tipos que ya estaban fichados y me dio mucha cosa señalar a tres como posibles, porque en realidad era imposible que yo recordara su cara, a esas alturas. Ni siquiera el mismo día de nuestro romántico encuentro recordaba su cara. Para estos casos debería haber ruedas de reconocimiento de penes. Así, sí.

Ay (bis).

Ya se me había pasado el susto, cuando me mudé a Madrid. Ay Madrid. Cuántas cosas por hacer y cuántos tipos pervertidos por conocer. Gracias al tercer tipo (la tercera polla), estuve teniéndole miedo al metro durante mucho tiempo. Odiaba volverme a casa a las diez de la noche, cuando acababa el curso que estaba haciendo entonces. Entro en la boca de metro de Santo Domingo, por la entrada de Gran Vía. Una de esas bocas de metro que preferirías evitar. Nunca hay vigilante, nadie en la taquilla, nadie en general; pelusas gigantes y mal rollo, lo que quieras. Creo que de hecho luego la cerraron. Paso de largo por delante de él y voy a picar con mi metrobús. Me dice algo, como llamando mi atención. Pienso que va a pedirme la hora (yo y mi manía de querer dar la hora a la gente, ya ves) y me vuelvo. Éste casi me cae bien, porque cumpliendo el tópico de las tiras cómicas, va con una gabardina larga, que se abre de par en par para hacer su numerito. Le miro con desprecio. La sensación horrible de miedo que me subía por el estómago hasta ahogarme en el cielo de la boca en la vez anterior hace un amago, pero lo zanjo con un sonoro "¡JODER, YA ESTÁ BIEN!" y me bajo al andén. Claro que luego me quedé emparanoiada durante un tiempo, con los metros, los túneles, los pasillos vacíos cuando haces un transbordo. Claro que le cogí manía a la línea dos. Pero se me fue pasando. De todo eso sólo queda, lo confieso, una obsesión por no volverme sola a casa y muchos más taxis de los que realmente me puedo permitir.

Ay (tercero y fin).

*Mejor tomárselo con humor, digo yo.

Largo viaje

Voy por la estación de Atocha y hago lo que puedo para captar esto. El que se supone que debe ser su padre no me mira con buenos ojos así que tengo que disimular.

Viaje

—Papá, estoy cansado, cógeme.
—No puedo cogerte siempre que me lo pidas, ya eres grande.
—¡No soy grande!
—Sí lo eres.
—Pero estoy cansado.
—Una cosa no quita la otra.
—¿No me coges?
—No. Yo también estoy cansado, hijo. Pero puedes dormir aquí, en la maleta.
—¿Y luego me llevarás dentro de ella?
—Sí, claro. Por qué no.

Y recuerdo cómo de pequeña yo podía dormir en cualquier sitio. Siempre me dejaban las camas plegables, los sofás. A mí me parecía bien. Nunca tuve problemas. Siempre tenía sueño. Dice mi madre que cuando era un bebé se le juntaban los biberones y las tomas, porque me quedaba dormida y no había quien me hiciera comer. Ahora duermo mal hasta en la mejor cama, según el día. La espalda se pelea con todas las superficies en las que se apoya. Incluso cuando tengo tiempo para dormir durante horas, madrugo. Ya no me permito descansar demasiado. No va con el ritmo. No funciona. Aunque sigo teniendo sueño casi a todas horas, pero eso ya no me quita de comer. Recuerdo que los fines de semana me despertaba para irme a la cama de mis padres, por la mañana. Mi madre se levantaba mientras mi padre y yo nos quedábamos durmiendo en aquella cama enorme, aquella cama que me parecía un mundo de grande, hasta bien entrada la mañana. A veces daría un brazo por volver a ser lo que era.

Notas

Día uno:

- La tabla caligráfica de las dés.
- El japonés (muy japonés) que se interesa por cómo va el partido y luego grita ¡no me jodas! .
- El poema.
- Mis debilidades.
- El amago de carne a la brasa que acabó en raviolis al pesto.

Día dos:

- La calle de la bola, la calle fomento, las calles en las que quiero vivir.
- El botellón, el polaco curioso, el taxi para Alcorcón (algo habrá en Alcorcón).
- El viejo en pijama de hobbit que me enseña el cuarto de contadores a la 1 de la madrugada.

Día tres:

- Escuchaaaaad mañana empieza hoy alcemos nuestras voces hablan de libertaaaad inicia el camino yaaaa (megáfono en furgoneta política).
- Los malabares okupas con caras pintadas de colores que me gritan señora pásese por el comedor dentro de hora y media, ahí arriba, en Bernardino Obregón desde la calle. Lo de señora será porque llevaba gafas.

Día cuatro:

- Ni puñetera idea.

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Y lo dejo aquí, por dejarlo en algún lado.
Porque estoy harta de los borradores.
Porque yo lo valgo.

Ensalada básica

Compro comida de régimen. Mi cuerpo pide chuletón. Yo le doy roastbeef en ensalada, con lechuga, lombarda, zahanoria, tomates y queso fresco. Cuando en mi boca se cruza la zanahora y el queso, me viene un leve recuerdo que se fija en el paladar y escapa hacia donde no le corresponde. Es un recuerdo leve porque en realidad debería ser mozzarella. Debería estar comiendo una ensalada que sólo tenga láminas casi transparentes de zanahoria y una bola gigante y blanda de mozzarella fresca. Debería comérmela como si no existiera nada más que esas dos cosas, dos colores puros y yo. La mezcla de texturas sobre mi lengua es perfecta y armoniosa. Tomarme una cerveza antes de la ensalada, otra durante y tres después, es casi inevitable. Discutir con mi madre a ver qué pizza compartimos, para acabar pidiendo la misma, la de espárragos y huevo.

La cuesta que no cuesta

Subir la calle Juan Bueno hacia el bar y pasar por ese arquito que lleva a la cama, después de trepar por una cuesta imposible. Pero no cuesta, no duele, no supone esfuerzo alguno. Cruzarme con tres gatos que vuelven de comer en la barra libre que tienen en cada calle. Abrir con mi llave. Meterme en una de esas habitaciones blancas. Disfrutar del blanco, a mi alrededor, respirando sobre mí, calmando cualquier pesadilla. Dormir como una bendita y resucitar con las primeras noticias del viento. Y llevarte conmigo.

El gorrilla

A la mañana siguiente me encuentro a mi madre en la cocina. Tiene mala cara.

- No te vas a creer lo que pasó anoche - me dice poniendo la cafetera en marcha, y acto seguido se sienta en una silla.

En mitad de la noche oye un estruendo, la ventana se abre, el galán de noche de mi padre cae al suelo y un tipo entra apartando la cortina, como un samurai entrenadísimo. Se para al lado de mi padre y anda despacio hacia los pies de la cama. Mi santa madre le da golpes en el brazo a mi padre. Le zarandea.

- Enrique, despierta, hay un tío aquí dentro.

El tipo se para en seco. Mi padre, tras unos segundos que a mi madre se le hacen eternos, abre un ojo (siempre abre primero un ojo), lo observa.

- Es mi hermano Ignacio - dice, tan tranquilo, y se vuelve a dormir.
- ¿Qué Ignacio ni Ignacio? ¡Enrique! ¡Que hay un tío dentro de la habitación!

Mi padre le mira más atento, como lo haría John Wayne. Es un gorrilla, como decimos en Sevilla; es decir; un aparca-coches andrajoso. Uno con el pelo largo y una sola rasta tejida a base de no lavarse en años. El gorrilla empieza a hablar.

- No se pongan nerviosos, es que me he equivocado, yo quería entrar en la ventana de mi novia, me he equivocado de casa, de verdad, yo vengo a ver a mi novia, por la ventana... ustedes no se pongan nerviosos, enciendan la luz...
- No quiero ni verte la cara. Ya te estás yendo - le dice John Wayne.
- ¡Fuera ahora mismo de mi casa! - grita mi madre sentada en la cama, a oscuras.
- Sí, señora, lo siento, de verdad que me he equivocado...
- ¡Que te vayas! ¡¡Enrique!! ¡Échale!
- Vale, vale, no se pongan nerviosos, ustedes me abren la puerta, yo me voy y aquí no ha pasado nada...

Mi madre no da crédito a lo que oye. Si realmente quería ver a su novia eso significa que su novia es una de sus hijas o una de sus hermanas, porque la familia ocupa todo el primer piso. Mi padre se levanta, se pone las zapatillas y se dispone a acompañarlo a la puerta; parece que le compadece, le parece lógico y justo, porque debe haberle costado mucho trepar y colarse por la fachada. Mi padre sigue siendo John Wayne en pijama, un calco. Mi madre monta en cólera.

- ¡Que se vaya por donde ha venido! ¡No va a pasearse por mi casa, vamos hombre! ¡Estaría bueno!
- Señora, por favor, por la ventana no, por favor, por la ventana otra vez no, que está muy alto... - ruega con auténtica desesperación.
- ¡¡Enrique!! ¡Que no me da la gana! ¡Por el balcón, te digo!
- Anda tira palante, ya lo has oído - ordena mi padre, tajante.

Finalmente, el gorrilla se resigna, sale por el balcón custodiado por mi padre y se le oye refunfuñar mientras baja. Cagándose en la madre que los parió. Mi padre vuelve a la cama y se duerme sin decir ni una palabra más. Mi madre pasa el resto de la noche en vela, con los ojos como platos. Oyendo roncar a John Wayne hasta que amanece.

Pre-tecnología

Cogías dos vasos de yogur. Les hacías un agujerito en la base y los unías con una cuerda. Se suponía que era un teléfono. Como la cuerda no solía ser muy larga, a veces tenías la impresión de que lo que oías era a tu compañera de experimento, sin necesidad de cables. Comunicación sin cables en la era del yogur. Y no se le daba importancia.

Se hacían mapas físicos en relieve, con plastilina. A mí siempre se me mezclaban de manera indebida los pegotes verdes y marrones de las cordilleras. No quedaba limpio. Siempre fui sucia en pretecnología. Y un poco manazas en geografía. Los ríos eran azules. España era amarilla. Con lo que sobraba de plastilina intentabas hacer algo creativo. Yo siempre quería moldear animalitos. Un cerdo era mi máximo reto. Pero había muchos colores y al mezclar todas las virutas quedaba una plasta marrón, fruto de la impaciencia. Te conformabas pensando que podía ser una hamburguesa. Algunas veces incluso decías que moldear esa hamburguesa era el fin de todo aquello, justificándote orgullosa.

Cogías una lenteja o un garbanzo, lo envolvías en un trocito de algodón húmedo y dejabas el paquetito al sol, sentado en el fondo de un vaso de yogur. Visto ahora, en la distancia, los yogures están infravalorados. En la ventana de la clase se formaban hileras con las macetas de lácteos y legumbres. Las mirabas de reojo, a ver si la tuya había ganado en altura a la de la empollona de la clase. Con el tiempo ibas perdiendo interés. Al fin y al cabo era una lenteja en un yogur. Pero nacía una planta, y eso era poco menos que un milagro.

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