Siempre le digo a mi hermana que menos mal que nos repartimos las agresiones callejeras. Ella se queda con todos los tirones de bolso (arrastramiento de su persona por la calle incluido, pobrecita mía) y yo me quedo con todos los exhibicionistas. Qué majos. Te enseñan la polla sin que tú se lo pidas. Alegremente. Con simpatía. Qué majos, ya digo. Y ahora leyendo esto, he pensado que ya es hora de ponerlo en común, claro que sí.
Podría empezar por el primero, claro. Estoy en el colegio, un colegio de monjas, por fin nos dejan salir a comer a la calle, y nos gusta pasear por el barrio, comprar chucherías, fumar un cigarrillo tras otro en el parque y reírnos por todo. Cuando ya queda poco para entrar a clase de nuevo, mis amigas y yo nos sentamos enfrente del colegio, apoyando las espaldas en la fachada del edificio de Telefónica. Nos bajamos los calcetines del uniforme y nos subimos las mangas de la camisa. Nos abrimos los botones y nos subimos todo lo posible (dentro de un nivel aceptable de decencia y decoro, que éramos de colegio católico y apostólico, claro) esa falda de cuadros (en realidad era un pichi, siempre me gustó que fuera un pichi, aunque daba mucho calor) y tomamos el sol. En realidad comprendo que la estampa no es muy decente ni decorosa, pero estábamos en el recreo y el barrio era nuestro. No teníamos pudor ninguno. Entonces para una moto, conducida por alguien con casco y una chaqueta tipo bomber (¿se llamaban así no?) de las que parecen un globo desinflado. Nos pregunta algo. Yo estoy más cerca y me levanto a ver qué quiere. Me pregunta por la calle "Vírgen de nosequé". El barrio está lleno de calles que se llaman así, de modo que tengo que hacer esfuerzo para ubicarla. Cuando voy a consultar a mis amigas, poseída por mi espíritu de callejero y guía turístico todo en uno, no queda ni un calcetín como muestra de que una vez estuvieron allí. Vuelvo a mirar al tío y veo a través de su casco cómo sus ojos sonríen, cómo se descojonan, mejor dicho. Bajo casualmente la vista y ahí está, la chaqueta por encima del cinturón, dejando ver una polla morcillona con muy poco encanto, asomando por la cremallera como si fuera una pequeña trompa rosa deprimida y ahogada. Qué penurria de polla, por dios. Le digo algo así como "que te den por culo" y me voy. Mis amigas estan al doblar la esquina, dobladas también todas ellas, pero de la risa. Yo también me río. Realmente no me traumatizó, me resultó simplemente patético. Lo curioso es que este episodio se me olvidó totalmente, hasta que llegaron los otros.
Ay.
El segundo fue algo más serio. Yo trabajaba los fines de semana como recepcionista en un hotel que mi padre dirigía en el barrio de Santa Cruz, en Sevilla. Era domingo y entraba a las ocho. Como siempre, iba temprano. En armonía con una ciudad que se despertaba vacía, silenciosa, iba caminando con el discman a cuestas, oyendo música a través de los pajarillos y sonriendo a los camareros del bar de las columnas, que abrían para el primer café y el primer carajillo. Sevilla está preciosa a las siete y media de la mañana. Subo Mateos Gago contenta, ya te digo, levitando, deslizándome tranquila, torciendo arriba en Mesón del Moro, pasando por el restaurante San Marco que tan buenos raviolis me ha dado, llegando a mi destino. En la esquina, un tipo en bici se detiene y se baja, me quito los cascos porque evidentemente quiere algo (pedirme la hora, preguntarme por la calle "Vírgen de noséqué", darme los buenos días, eso pensé, infeliz de mí). Cuando le veo, cuando realmente le veo, es un hombre rubio, con la cara muy roja (de la emoción, claro) que sólo y exclusivamente lleva unas zapatillas de deporte (con sus calcetines, creo recordar) y un polo verde (o azul, o verde y azul, no me acuerdo, es imposible). Polla en su mano. Casca que te casca. Cuando voy a salir corriendo me acorrala contra la pared y me coge una teta como quien arranca una manzana de una rama baja. Me frota violentamente. Me acuerdo de la camiseta que llevaba yo, perfectamente, era negra, de Zara, como de licra, y recuerdo perfectamente cómo rozaba a través de su mano. Le empujo como puedo, me zafo, y corro como jamás he corrido en mi vida (yo corro poco, lento y mal, pero entonces era la viva imagen de Forrest Gump). Hijo de puta. Ni siquiera un "hola buenos días, quiero presentarte a una amiga" o un "te invito a un café y me hago una paja". Cabrón. Llego sin respiración, hecha un mar de lágrimas, al hotel. Consigo calmarme para contarlo y al rato viene mi padre (sobre su caballo, claro, mi padre es John Wayne) para que yo me vaya a poner la denuncia. Las camareras del hotel me dicen "ay, sí, ése siempre anda por aquí por las mañanas" como quien ve todos los días al lechero (mal ejemplo, lo sé). Ninguna le había denunciado, pero yo estoy indignada y traumatizada. Voy a la comisaría del Patio de los Naranjos. Me siento frente a un policía con bigote que tiene un ordenador (pero me gusta pensar que era una máquina de escribir). Le cuento. Él va diciendo en alto lo que escribe en la denuncia. La conversación es como sigue.
—...entonces va el tío y me agarra una teta.
—...la denunciante dice que en ese momento, le acarició un seno.
—No, verá, si me hubiera acariciado un seno, sería otra cosa. Le digo que me agarró una teta.
—... le tocó un pecho.
—¡Me agarró una teta!
No había manera. El policía estaba rojo de vergüenza y yo acabé resignándome con eso de tocar un pecho. Estuve mucho tiempo sin saber andar sola a ciertas horas por la calle, mi madre madrugaba conmigo los domingos para acompañarme al hotel. Poco a poco fui olvidándome, o superándolo, exceptuando aquella vez que un viejo meaba entre dos coches mirando hacia la acera y yo pasé por delante y sólo vi una polla sacudiéndose y de repente me convertí en un punto diminuto en el horizonte. La amiga que iba conmigo todavía se descojona. Éste fue el más grave, realmente. Le cogí miedo a la gente, un poco, y veía pollas hostiles por todas partes. Al cabo de algunos meses me llamaron para una rueda de reconocimiento, bueno no, no sé si se llama así, estuve viendo fotos y retratos robot de un montón de tipos que ya estaban fichados y me dio mucha cosa señalar a tres como posibles, porque en realidad era imposible que yo recordara su cara, a esas alturas. Ni siquiera el mismo día de nuestro romántico encuentro recordaba su cara. Para estos casos debería haber ruedas de reconocimiento de penes. Así, sí.
Ay (bis).
Ya se me había pasado el susto, cuando me mudé a Madrid. Ay Madrid. Cuántas cosas por hacer y cuántos tipos pervertidos por conocer. Gracias al tercer tipo (la tercera polla), estuve teniéndole miedo al metro durante mucho tiempo. Odiaba volverme a casa a las diez de la noche, cuando acababa el curso que estaba haciendo entonces. Entro en la boca de metro de Santo Domingo, por la entrada de Gran Vía. Una de esas bocas de metro que preferirías evitar. Nunca hay vigilante, nadie en la taquilla, nadie en general; pelusas gigantes y mal rollo, lo que quieras. Creo que de hecho luego la cerraron. Paso de largo por delante de él y voy a picar con mi metrobús. Me dice algo, como llamando mi atención. Pienso que va a pedirme la hora (yo y mi manía de querer dar la hora a la gente, ya ves) y me vuelvo. Éste casi me cae bien, porque cumpliendo el tópico de las tiras cómicas, va con una gabardina larga, que se abre de par en par para hacer su numerito. Le miro con desprecio. La sensación horrible de miedo que me subía por el estómago hasta ahogarme en el cielo de la boca en la vez anterior hace un amago, pero lo zanjo con un sonoro "¡JODER, YA ESTÁ BIEN!" y me bajo al andén. Claro que luego me quedé emparanoiada durante un tiempo, con los metros, los túneles, los pasillos vacíos cuando haces un transbordo. Claro que le cogí manía a la línea dos. Pero se me fue pasando. De todo eso sólo queda, lo confieso, una obsesión por no volverme sola a casa y muchos más taxis de los que realmente me puedo permitir.
Ay (tercero y fin).
*Mejor tomárselo con humor, digo yo.